Hay herencias que no llegan en testamentos ni en cajones cerrados, sino en el vapor tibio que se levanta de una caldera al amanecer. Yo vengo de una de esas. De una herencia de mate amargo que no se escribe en los libros ni se explica en palabras, porque se aprende mirando: mirando a los mayores repetir gestos mínimos que parecen simples, pero que guardan dentro una forma completa de vivir el mundo.
Mi abuelo compraba la yerba por sacos, como si estuviera almacenando pequeños pedazos de tiempo. Decía que el mate no era para la sed, para eso estaba el agua, el mate era otra cosa. Una compañía diaria, una pequeña defensa doméstica contra la intemperie de los días. Y lo decía con esa calma de los hombres que no necesitan explicar demasiado porque ya han entendido algo que el resto apenas sospecha.
Tenía una sabiduría extraña con el agua. No usaba termómetro, ni falta que hacía. Apoyaba la mano en la caldera, inclinaba apenas la cabeza, y en ese gesto mínimo parecía escuchar el secreto de la temperatura justa. Había una precisión casi quirúrgica en ese momento en que volcaba el agua al termo, como si estuviera ejecutando una ceremonia antigua que no admite errores. Porque el agua del mate, decía, no debe hervir jamás: el hervor mata la yerba igual que la prisa mata las cosas importantes.
Después venía el silencio.
Ese silencio en el que el mate se acomodaba en la mano, la montañita perfectamente inclinada, la bombilla encontraba su lugar, y el mundo parecía detenerse lo suficiente como para que una persona pudiera existir dentro de sí misma.
La bombilla de mi abuelo tenía un gusto particular. No sabría describirlo de otro modo que como una mezcla de timba, alivio, nostalgia y desahogo. Sabía a madrugadas largas donde el sueño se pierde entre conversaciones que ya no buscan respuestas, a bares donde la noche se vuelve confidencia, a silencios compartidos donde nadie dice nada, pero todo se entiende.
Y cada mate que cebaba tenía algo más que agua y yerba. Tenía historia. Tenía carácter. Tenía esa forma tan charrúa de enfrentar la vida con un amargo entre los labios, como si la tristeza y la alegría fueran simplemente dos formas distintas de sorber el mismo tiempo.
Mi abuela, en cambio, pertenecía al reino secreto de los yuyos.
Era pionera de las hierbas, amiga íntima de los remedios invisibles, defensora absoluta del “poné la caldera” como solución universal a cualquier mal del cuerpo o del alma. Si te dolía la cabeza era porque no habías tomado mate. Si estabas triste, peor todavía, ahí hacía falta un mate con cedrón. Si el estómago se quejaba, menta. Si el corazón andaba medio torcido, entonces cascaritas de naranja o limón, porque las cascaritas, decía ella, arreglan cosas que ni los médicos entienden.
En su casa el mate tenía otro sabor. Sabía a patio húmedo después de la lluvia, a ropa recién lavada que se mece al sol, a comida familiar que se enfría porque alguien empezó una historia que nadie quiere interrumpir. Sabía al primer amor que todavía no sabe que lo es. Sabía a brindis improvisados en la mesa de los grandes cuando uno todavía no entiende del todo las palabras, pero sí la felicidad que flota entre ellas.
Y entonces el tiempo se detenía un poco.
Porque el mate tiene esa rara habilidad de doblar las horas, de convencer al invierno de esperar, de hacer que una tarde cualquiera se vuelva un lugar donde uno quiere quedarse a vivir un rato más.
Por eso sigo el legado.
Aunque esté lejos de mi tierra, sigo practicando la alquimia del mate como quien cuida una llama antigua. El agua siempre a ochenta grados. Ni uno más, ni uno menos. En los días más nostálgicos le agrego yuyos, intentando reproducir ese sabor imposible de la casa de mi abuela, hojas de menta, cedrón, cascaritas. Incluso cariño, porque uno aprende que el mate también entiende de esas cosas.
Pero nunca queda igual.
Algo falta siempre. Quizás la manera en que mi abuela sostenía el mate como si estuviera sujetando una conversación entera. Quizás la forma en que mi abuelo miraba la tarde, como si supiera que el tiempo, igual que la yerba, también se lava de a poco.
Porque el mate no es una bebida. Bueno, a ver, sí, claro, es un líquido que entra por la boca, pero no es una bebida.
En Uruguay nadie toma mate porque tenga sed. El mate es una costumbre diaria, un reflejo, casi un gesto involuntario. Es como bostezar o acomodarse el cuello de la camisa. Algo que uno hace para recordarse que está vivo.
El mate es exactamente lo contrario de una televisión. Si estás con alguien, te hace conversar.
Si estás solo, te hace pensar.
Y pasa en todas las casas. Pasa en la del oligarca y en la del obrero.
En la del estudiante que no sabe qué hacer con su vida y en la del viejo que ya entendió demasiado. Entre personas serias y personas graciosas, entre inteligentes y distraídos.
Entre los viejos que ocupan un banco de plaza y los adolescentes que todavía no saben que están creciendo.
Creo que es de los únicos momentos en donde padres e hijos lo comparten sin discutir ni echarse reproches. Conservadores y progresistas ceban el mismo mate sin preguntarse nada. Invierno o verano, el mate siempre encuentra la forma de aparecer.
Algo raro tenemos los rioplatenses.
Porque en casi todos los lugares del mundo uno descubre que está creciendo cuando le pasan cosas visibles, lógicas. La voz cambia, el cuerpo cambia, llegan ceremonias, pantalones largos, señales que anuncian que la infancia se ha ido.
Acá no.
Acá uno se vuelve grande el día en que pone la caldera al fuego por primera vez. El día en que prepara su propio mate. El día en que lo sostiene entre las manos y da el primer sorbo sin pedir permiso.
En ese momento ocurre algo extraño. Porque el silencio alrededor cambia un poco, el mundo parece acomodarse de otra manera, y uno entiende, sin saber bien cómo, que acaba de cruzar una frontera invisible.
Y entonces sucede lo más inesperado de todo. Descubrimos que tenemos alma. Y que, curiosamente, sabe amarga
A veces, mientras cebo solo, me sorprendo pensando que la vida se parece mucho a un mate.
Empieza fuerte, intenso, lleno de carácter. Y con cada cebada se va suavizando. Se lava, dicen algunos. Pero en ese lavado también aparece otra cosa, una calma distinta, una especie de resignación dulce que sólo conocen las cosas que han sido vividas.
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