Los panes de la tienda de la esquina son muy ricos. Compraría dos kilos, pero siempre termino llevando solo un cuarto de pan. Nunca alcanza.
El pancito parece un pebete, pero no lo es. Cuando masticas el primer bocado, sentís el gusto a las facturas; aquel sabor dulce. No es una factura. Es tan esponjoso como una nube; al comerlo, siento que floto. A pesar de ser el mejor pan, solo me llevo un cuarto.
Ahora, ustedes se preguntarán, ¿por qué? Si es tan rico, ¿por qué llevo poco? Los vecinos merecen probar este pan. Llevarlo a su mesa, merendar y desayunar con mate, mojarlo en el tuco de los fideos. El pancito merece ser reconocido, no solo por mí, sino también por el resto de vecinos.
Cuando sos bueno, hay que mostrarte con los demás. La calidez que emanás es un desperdicio tenerla sólo para uno. Lo dulce que sos por dentro puede derretir hasta el corazón más amargo.
Merecés rodearte de personas que te valoren. No hablo solo de los panes de la tienda de la esquina.
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