Estaba apurado. El reloj corría como si quisiera humillarme: tenía una cita con Micaela y no quería llegar tarde. Nunca me representó ser impuntual con las mujeres, pero definitivamente viajar de una provincia de Argentina hasta Capital para conocerla, era algo que no lo podía hacer cualquier día. Llevábamos semanas chateando y por fin íbamos a vernos en persona. El punto de encuentro: el McDonald’s del Obelisco.
Micaela me escribió:
—Kai, estoy a veinte minutos de llegar
—Mica, estoy corriendo al subte, espero llegar también en veinte minutos
—Tranquilo, yo te espero. Ya quiero conocerte en persona.
Corrí toda la Plaza de Mayo, pasé frente a la Casa Rosada, crucé la Av. Rivadavia y bajé las escaleras del subte. Mientras esperaba el tren, se paró a mi lado una chica bajita, de cabello castaño lacio. Usaba unos lentes grandes que no dejaban ver bien sus ojos. Me distraje mirándola, preguntándome de qué color serían.
Llegó el subte. Subimos por la misma puerta y nos sentamos en la misma banca, cada uno en un extremo. Entre nosotros se acomodó un brasileño musculoso pero a la vez afeminado que empezó a coquetearme preguntándome por mis tatuajes. Su insistencia me incomodaba. Yo solo quería llegar rápido al Obelisco.
La puerta se abrió en la estación y me levanté como si hubiera visto la luz. Caminé unos pasos hacia la salida cuando, de repente, la chica de los lentes se me cruzó en el camino. Me desarmó el apuro en un segundo. Me miró directo a los ojos y entonces lo vi: un verde pardo profundo, eléctrico, como un relámpago detenido en un pantano.
—Hola —me dijo, nerviosa—. Te me hiciste muy lindo… ¿me pasás tu Instagram?
Me quedé mudo unos segundos. Estaba a punto de ver a Micaela por primera vez y esta desconocida me detenía con una mezcla de timidez y descaro. Dudé, pero terminé diciendo:
—Es la primera vez que me pasa algo así en el subte… pero dale. ¿Cómo te llamas?
—Béla. ¿Y vos?
—Kaito. Pero me puedes decir Kai.
Nos sonreímos, me pidió la cuenta y se fue. Subí las escaleras, todavía con sus ojos deslumbrando en mi cabeza. Y ahí estaba Micaela, corriendo hacia mí con una sonrisa inmensa. Me abrazó con una confianza que me sorprendió.
—Qué alivio que seas vos y no un señor de cincuenta —me dijo, riéndose.
Pasamos una linda tarde: infusiones, pasteles coreanos, un museo, bubble tea en el Obelisco. Todo debería haber sido perfecto. Pero no lo fue. Porque mientras ella me contaba sus cosas, yo pensaba en Béla. En esos profundos ojos verdes pardo que me habían detenido en la salida del subte.
Días después, Béla me escribió. Y con ella llegó un descubrimiento inesperado: Buenos Aires también tenía su propia pequeña Asia escondida. Japoneses, coreanos, chinos… todos se conocían, pero hacia afuera eran invisibles. Trabajaban, sonreían solo por cortesía, se desvanecían. Me recordó a la comunidad asiática en Lima, pero en Buenos Aires parecían llevarlo al extremo: ser parte y no ser vistos.
Lo curioso era escucharla hablar de la comunidad asiática en Buenos Aires con un deseo inquieto. No la describía como un grupo de inmigrantes, sino como un club secreto, reservado, donde todos se conocían y casi nadie de afuera podía entrar. Un mundo paralelo, nocturno, de luces bajas y códigos invisibles. Ese hermetismo la atraía como un imán. Béla quería atravesar esas puertas cerradas, mezclarse con ellos, probar ese misterio. Para ella no era una comunidad: era un escenario excitante, un territorio prohibido.
Dentro de ese círculo también existían jerarquías: jóvenes asiáticos populares, rostros reconocidos solo en ese mundo, con una fama suficiente para que todos supieran quién era quién. No necesitaban mostrarse hacia afuera; su prestigio existía únicamente en la penumbra de esa Buenos Aires asiática paralela. Se saludaban, se reconocían, se medían con miradas, como si compartieran un mapa invisible. Y Béla hablaba de ellos con fascinación, como si fueran celebridades ocultas, fantasmas seductores que brillaban únicamente para los suyos. Lo que para ellos era discreción, para ella era obsesión.
Entre todos ellos estaba su mejor amigo llamado Aries, un famoso tiktoker coreano/argentino que en las redes era conocido como ¨Coreano lindo¨. Curiosamente cuando Béla me habló sobre él, yo ya lo conocía de alguna forma extraña. Algunas mujeres de mi pasado anteriormente también habían salido con él. Ella me decía que lo quería demasiado como su mejor amigo pero dentro de sus ojos podía ver y sentir los sentimientos que realmente tenia Béla con Aries. Ella estaba perdida por él.
Semanas después tuve que regresar a Capital para continuar con mi quinta y larguísima sesión de tatuaje en el brazo. Ocho horas de aguja, ocho horas de tortura. Béla me escribió:
—Kai, después de tu sesión ven a mi departamento en Puerto Madero. Mis padres no estarán. Podés quedarte a dormir si querés.
Y la verdad, no sonaba mal: después de ocho horas de mutilación, terminar la noche en su cama me parecía una recompensa justa y, de paso, me ahorraba el frío y largo viaje hasta mi departamento.
Cuando terminó la sesión ya era de noche. Estaba mareado, débil, con el brazo latiendo abierto como una herida de guerra. La llamé:
—Béla, ya terminé de mutilarme. Pásame tu dirección, please —le dije, medio adolorido pero con humor.
—Ahora te lo escribo por WhatsApp, dame un minuto que estoy dándoles comida a mis gatos —respondió entre risas.
—¿Gatos? No sabía que tenías gatos.
—Sí, tengo dos.
Y ahí me frené. Amo a los gatos con todo mi ser, pero con un tatuaje recién hecho era casi un suicidio dormir entre pelos y saliva felina. Le dije que mejor nos viéramos otro día, que estaba demasiado mareado. Ella lo entendió.
Regresé a mi departamento. A la mañana siguiente, en sus historias de Instagram, apareció su mejor amigo durmiendo en su habitación. No me molestó, no me dio celos, pero sí me dejó esa espina incómoda: ¿habría pasado algo entre ellos esa noche? Nunca lo supe. Pasaron las semanas y la comunicación con Béla se fue apagando, como tantas veces me ocurre con las mujeres.
Tres meses después volví a Capital y la curiosidad me llevó a escribirle a Béla. Aceptó verme en un Starbucks de Palermo. El local estaba repleto: olor dulzón a granos recién molidos, baristas gritando nombres, portazos de gente que entraba y salía. Ruido por todos lados. Pero cuando ella apareció, todo ese bullicio se me volvió borroso.
Se sentó frente a mí con una sonrisa ligera, como si quisiera hacerme creer que nada había cambiado. Pero había algo distinto: en la forma en que acomodó la silla, en cómo sostenía el vaso con ambas manos, en las pausas largas antes de responder. No era su cuerpo, no era su ropa: era un aire, un peso invisible.
La charla avanzaba sin rumbo. Comentarios sobre lo caro que estaba todo, chistes flojos que se morían en el aire. Cada palabra sonaba a relleno. Yo jugaba con la tapa de mi vaso, girándola, apretándola, solo para ocupar las manos. Ella bajaba la vista al café, removía la espuma aunque ya no quedaba nada. Entre los dos se iba armando un silencio incómodo, espeso, como un tercer invitado sentado en la mesa.
El reloj del local marcaba minutos lentísimos. La gente seguía entrando y saliendo, pero nosotros estábamos en otra burbuja. Todo lo de alrededor —las voces, las risas, las máquinas— se apagaba. Quedábamos solo ella, yo y ese secreto que flotaba en el aire.
Y entonces, justo cuando se terminó su café, levantó la mirada. Me sostuvo fijo los ojos, sin pestañear, y lo soltó como si dejara caer una bomba en medio de la mesa:
—Kai, estoy embarazada…
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