Antes, mis mayores miedos eran la oscuridad, los lugares cerrados, la soledad y ser un don nadie. Ahora, tras poner todo en la balanza de la vida adulta, descubrí que la oscuridad me ha ayudado a encontrar respuestas; que la soledad, reconfortante y sabia, se volvió una amiga honesta. Ella me susurró que para ser alguien, solo debía creer en mí, porque mi camino ya estaba trazado: sin prisa, solo metas pequeñas.
Hoy mis miedos son otros, pero el que más crece es el temor a no encontrar un amor verdadero: de esos que se definen por su longevidad, no por su facilidad. Un amor que se enfurece y llora con la misma intensidad con que se repara. Uno que, para tener futuro, ha tenido que reconstruirse más veces de las que podrían contarse.
Ahora mi mayor terror es el amor con fecha de caducidad, porque el mío es de otra época: genuino, testarudo, con ansias de eternidad.
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