Las primeras luces de la tarde avanzan a pasos agigantados entre las macetas del patio.
Un mantón descansa sobre la ventana de mi habitación. Olvidado. Abandonado en la ebriedad tibia de la noche anterior.
Parece haber cobrado alma cuando descubro la perfección de su caídas, como si quisiera esconderse entre las rosas del jardín o fundirse con la sombra fresca de los azulejos. Sus flecos tiemblan apenas, siguiendo una corriente de aire que llega desde el patio interior.
En el enrejado se dibujan las manos de mi abuela.
Las reconozco en cada nudo, en cada hilo paciente. Entonces vuelve el sonido de la antigua máquina de coser, oxidada ya por los años, sobreviviendo en algún rincón de la casa como un animal dormido. La heredé junto a tantas otras cosas imposibles de nombrar: canciones de cuna, veranos interminables y el olor de las paredes perfectamente pintadas, encaladas después del calor.
Creo que Andalucía vive ahí.
No en los carteles ni en las postales, sino en los objetos que alguien sostuvo durante toda una vida. En un mantón dejado sobre una ventana. En el silencio fresco de una casa antigua. En las mujeres que bordaron belleza mientras afuera seguía avanzando el tiempo.
El mantón no parece una prenda.
Parece memoria suspendida.
Y mientras la tarde cae lentamente sobre el patio, acompañando mi silencio con la mecida de las hojas, comprendo que algunas tradiciones no sobreviven porque el mundo las admire, sino porque alguien, en silencio, continúa cuidándolas.

Blanca Bermúdez
Escribo para sacar del alma lo que no se puede decir en voz alta. Gracias por leerme. Quédate. Comenta.
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