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LOS HERMANOS

Jul 10, 2026

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LOS HERMANOS
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                                  LOS HERMANOS

 

Se asomaron a la ventana para observar cómo, esa hora crepuscular, el bosque era una enigmática mancha verdinegra. Un solitario golpe de viento los obligó a regresar al centro de la derruida habitación. La negritud inundó el interior de la destartalada cabaña hasta que ambos se diluyeron en la recién nacida noche.

Sentados en la penumbra, oían el crepitar de los maderos que chispeaban descontrolados en el interior del horno de hierro.

-Fíjate si ya está listo-ordenó la niña.

Sin mediar palabra, el regordete muchachón se incorporó de su banqueta y se dirigió hacia donde se encontraba crepitando el horno. Corrió la tapa, y el fulgor de la resolana iluminó su redondo y engranado rostro. Luego observó con detenimiento el interior del horno y, colocando otra vez la tapa, exclamó:

-Ya casi está.

Otro nuevo golpe de viento arrancó un trozo del cielorraso que cayó cerca de los pies de la niña. Ella lo levantó y se lo entregó al muchachón, ordenándole:

-Pruébalo.

El muchacho lo mordió con prudencia de joyero, y se lo devolvió a la niña exclamando:

- ¡Está más amargo que pedo de burro!

La niña miró por un instante el retazo achocolatado, y luego lo estampó contra el piso, exclamando:

- ¡Maldito lugar!

Indiferente al improperio, el muchacho fue de nuevo hacia la ventana, donde creyó percibir que, al amparo de la negrura, el bosque los vigilaba.

-Ya se debe haber cocinado…- lo interrumpió la niña.

El muchacho destapó el horno y el aroma a carne cocida lo atropelló. Sacó la comida del horno y la depositó sobre la destartalada mesa. Comieron en silencio las partes blandas, separando las extremidades y la cabeza, en la que aún resaltaban los chamuscados aretes pentaculares.

Luego de comer, arrojaron los restos del cuerpo al interior del horno y se dispusieron a dormir. Ya acostados, ambos, con intuitiva premonición, percibieron el reberbero de la cadenciosa respiración de la foresta.

 

 

-¡Despierta , gordo1… ¡Despierta que nos vamos!- gritó la niña, sacudiendo al muchacho que aún dormía.

- ¿Lo intentaremos hoy? - preguntó, ya espabilado, el muchacho.

- ¡Por supuesto, idiota!... ¡Ya no queda más qué comer! - fue la tosca respuesta de la niña.

Rozagante de verdor, el bosque mañanero era una oportunidad para el intento de partida de los hermanos. Al rato, abandonaron la casucha y, sin mediar recaudos, se zambulleron corriendo en el denso follaje, que se fue oscureciendo hasta convertirse en un mazacote de difusas sombras que acompañaba el andar frenético de los hermanos. Percatados, ambos apuraron el paso, mientras un denso y pesado viento los castigaba con ráfagas cada vez más potentes hasta convertirse en un batifondo insoportable.

Desencajado de miedo, el muchachón desvió su carrera hasta desaparecer tragado por la verdinegra maleza.

- ¡Hansel!... gritó la niña, en vano.

Al verse sola, la niña corrió sin aliento, mientras el viento la amenazaba ululando a su lado.

-¡Déjame, vete!- gritaba la muchacha, molineando los brazos, en un intento vano por espantar las enloquecidas ráfagas..

En su frenética carrera, le pareció vislumbrar lo que parecía la oportunidad hacia su salvación. Redobló su avance chocando con ramas y espinos que laceraban sus piernas y brazos, hasta que, repentina, la oscuridad la recibió. Entonces, al levantar la vista comprobó horrorizada que, como tantas veces antes, otra vez se encontraba en el interior de la umbrosa cabaña.

 

 

 

 

Roberto Dario Salica

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