escribimos sobre las mismas cosas:
con idéntico ímpetu,
escribimos sobre el amor
como si fuésemos los descubridores del beso,
como si nadie hubiese acariciado un rostro
en una mañana de domingo;
escribimos sobre la tristeza
como si hubiésemos creado la lágrima,
como si nadie se hubiese sentado
a mirar por la ventana de un tren
un día de lluvia;
escribimos sobre la alegría
como si fuéramos los primeros en haber reído,
como si nadie hubiese comido helado,
como si nadie hubiese festejado;
y tiene sentido,
somos un circuito de egos descubridores,
todos somos el Colón de nuestra expertise,
nos vanagloriamos de haber descubierto
lo que otros ya han vivido,
ya han nombrado,
ya han escrito,
nos vanagloriamos como los únicos;
y también es verdad,
también tiene sentido,
porque en cada sentimiento de amor,
tristeza
o alegría,
hay un dejo de individualidad,
una marca del ego,
lo no-nuevo novedoso,
lo que uno sintió y encuentra en palabras ajenas
o aquel amor que siempre estuvo allí,
en el ego,
esperando encontrarse con un beso desconocido
para reconocerse,
para reconocer al amor
y para que todo lo que fue escrito por otros egos
tenga sentido.
(tiene sentido).
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