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Los días en la terraza

Jan 27, 2026

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Los días en la terraza
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En esa época nunca estábamos en nuestras casas. Sea por aburrimiento o por los problemas de cada uno. Frecuentábamos varios lugares donde tocaban bandas y parábamos en muchas plazas. Pero, sin duda, el hospital abandonado era nuestro refugio. Como una segunda casa… o, para algunos, la primera.

El Gervasoni (el hospital) tenía la puerta de entrada tapiada, y para entrar trepábamos por una de las ventanas laterales, tapada solo por una chapa apoyada del lado de adentro. Siempre íbamos a la terraza: tomábamos vino, fumábamos porro y, cuando no teníamos plata —que era habitual—, fumábamos unos cigarrillos baratos que tenían el papel de quemado marrón: los Baltimore. A veces alguien llevaba una guitarra y nos quedábamos tocando hasta tarde, o hasta que los vecinos llamaban a la policía. Entonces teníamos que salir corriendo del lugar, o nos escondíamos en el subsuelo, donde estaba la sala de radiología. Por lo general escuchábamos el patrullero antes. Salvo esa vez que estaba con Pablo y Ricky.

Habíamos entrado a la tardecita, cuando el cielo estaba naranja y había mucha gente en la calle. Estábamos subiendo a la terraza cuando escuchamos un ruido en la planta baja. No le dimos importancia. Ricky sacó un porro y, cuando estaba por prenderlo, aparecieron dos policías.

—Eh, chicos, ¿qué hacen acá? Miren si les metemos un tiro —dijo el más viejo, con intenciones de ser gracioso.

—¡Epa! ¿Eso es un cigarrillo de marihuana? —siguió.

Nos hicieron bajar y nos llevaron a la comisaría. A Ricky lo vino a buscar el viejo; todavía era menor. Y a Pablo y a mí nos largaron a la madrugada.

Claro que eso no fue un motivo para dejar de ir al hospital. El motivo fue otro.

Un viernes, Pablo pasó a buscarme por casa y me dijo que un amigo de él conseguía pepa. Yo había probado una sola vez, unos meses atrás, y me había quedado con ganas. Entonces le mandamos un mensaje y lo fuimos a esperar a una parada de colectivo.

Cuando llegó su amigo —Ariel—, se lo veía ansioso y entusiasmado, igual que nosotros. Nos saludamos y fuimos caminando hasta donde él tenía su contacto. Le dimos la plata y nos dijo que lo esperáramos en una esquina.

Volvió a los diez minutos, con olor a porro y una envoltura de papel aluminio donde estaban nuestros cuadros. Había tres, uno para cada uno.

Después de eso, volvimos caminando a la estación tomando una cerveza. Ahí nos separamos: Ariel se iba a lo de su novia. Y nosotros, por ser la primera vez que Pablo iba a probar ácido, decidimos ir a mi casa, que estaba sola… o por lo menos hasta que volvieran mis viejos a la noche.

Cuando llegamos, abrimos el papel aluminio y nos mandamos los cuadros en la lengua. Puse Strange Days, de The Doors, y nos quedamos hablando un rato, hasta que empezó a sonar When the Music’s Over, la última canción del disco. Ya había pasado más de media hora. Saqué un cigarrillo y, cuando le di mecha al encendedor, la llama brillaba de un azul marino abajo y un naranja sol arriba, como un atardecer en el mar. Era hermoso. Entonces me di cuenta de que estaba drogado.

Al rato, Pablo agarró mi guitarra y se puso a tocar. Tiraba acordes espaciados, y se podía escuchar una leve reverberación cada vez que tocaba, a pesar de que la guitarra era acústica y no estaba enchufada.

—Y… ¿cómo te sentís? —le pregunté.

—Me veo las manos violetas.

Entonces miré mis manos y vi cómo las líneas de las palmas se movían levemente, dejando una especie de estela.

—Sí, yo también las veo raras —y empezamos a reírnos.

En ese entonces no existían las plataformas de streaming, y el internet que teníamos era muy lento para ver películas en alguna página pirata: se trababan mucho y era molesto. Entonces las descargábamos. Dejábamos la computadora prendida toda la noche y, en algún momento, se bajaba. Yo tenía algunas. Puse American Pop, una película que cuenta la historia de tres generaciones de músicos, desde el jazz hasta la época hippie. Toda hecha con unas animaciones psicodélicas que, para el viaje, venían muy bien. Y aunque ya la habíamos visto varias veces, nunca la vimos en ese estado.

Todo lo que pasaba en la película nos causaba gracia y nos reímos a carcajadas. A tal punto que a Pablo se le deformaba la cara, poniéndose roja y llenándose de arrugas. Fue un poco tétrico. Pero el pico más alto de la pepa es así: oscila entre la risa y el miedo.

Cuando la película terminó, ya se había hecho de noche y, en cualquier momento, podían caer mis viejos. Entonces le dije a Pablo de ir a una plaza que quedaba cerca de casa. En el camino, los efectos ya habían bajado bastante. Una vez que llegamos, Pablo sacó un porro y lo prendió, le dio algunas secas y me lo pasó.

—Che, ¿y si vamos a la terraza? —me dijo, refiriéndose a la del hospital.

—¿Ahora? Pero si recién llegamos a la plaza.

—Sí, pero quiero ver cómo se ve todo desde allá, antes de que nos baje del todo la pepa.

Su argumento me convenció. Guardamos lo que quedaba del porro y fuimos. Estábamos a cinco cuadras. En el conurbano, los centros son chicos y todo está cerca.

Cuando llegamos, hicimos lo de siempre. Esperamos a que no pasara nadie por la cuadra y trepamos por la ventana que estaba a la derecha. Pablo fue primero, corrió la chapa que hacía de “puerta” y entró. Después seguí yo. Una vez adentro, saqué el celular y prendí la linterna. Pasé adelante e iluminé el camino hasta que llegamos a la terraza.

Pablo sacó lo que quedaba de porro y se quedó en la baranda, mirando las luces de las casas. Arriba se veía todo: desde los monoblocks hasta el humo de las fábricas del barrio industrial. De noche y en las alturas, el conurbano se ve más lindo —todo se reduce a luces cálidas—. También las estrellas se veían mejor, y ese día no había una sola nube. Me acosté a mirar el cielo en una cuna a la que le habíamos sacado una baranda para convertirla en sillón. Y así estuvimos, contemplando las estrellas y el paisaje, en silencio.

El efecto del ácido ya se había pasado y la noche empezó a refrescar. Bajamos de la terraza y nos estábamos por ir, cuando vimos la luz de un patrullero que se asomaba por la ventana de entrada. Le dije a Pablo que siguiéramos bajando hasta el subsuelo y nos quedáramos ahí hasta que se fueran los policías. Eso hicimos.

Todavía me acuerdo de la sensación. A medida que bajábamos por las escaleras, el ambiente se iba poniendo más frío. Cuando llegamos, podíamos ver el vapor de nuestro aliento que pasaba frente a la luz de la linterna. El subsuelo tenía una ventana diminuta que daba a la calle. Podíamos ver el patrullero alejarse. Quizás hicieron un recorrido de rutina, porque nunca entraron.

Encaramos para las escaleras, cuando escuchamos un ruido que venía del fondo. Eran ruidos de pasos. Nos quedamos quietos, atentos. Se escuchó un leve sonido grave, como el de un motor a lo lejos. En ese momento no reaccioné a apuntar con la linterna; la tenía en dirección a las escaleras. Cuando, de repente, apareció una silueta negra delante nuestro, indistinguible en ese momento, pero medía unos dos metros. Me paralicé, y esa cosa emitió un gruñido grave, grave y gutural, como si tuviese el cuello de un oso. Pablo gritó algo que no entendí y, cuando reaccioné, solo vi sus piernas corriendo, subiendo las escaleras. Lo seguí. Corrimos en la oscuridad —no pensé en la linterna—, saltamos por la ventana casi sin tocarla. Caí al piso y vi cómo Pablo seguía corriendo. Estaba cruzando la calle cuando un auto lo chocó de costado. Había sangre por todos lados, y un grupo de perros se había juntado a ladrar, pegados a la ventana del subsuelo, sin darnos importancia, ni a los gritos del conductor, ni a Pablo, ni a mí.

Delirios de un peatón

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