en su mente
teñida de vacío,
los colores pasaron a ser
un doloroso recuerdo.
el amor
tomó un tinte extraño;
uno comparable al sabor del café puro;
el cual alguna vez pudo decir,
era como el canto del mirlo en las mañanas;
el cual se sintió como algodón
sobre sus tajos ensangrentados;
y el cual, tenía un aroma
a perfume primaveral.
pero era solo eso.
un recuerdo que se iría con el viento.
pensó que sería lo ideal,
el amparo al que sometió a su alma,
al convertir en extranjero
todo tipo de compensación
del color
que perdió su vida.
porque muy en el fondo sabía
que nada sería suficiente.
y quizás
sea la fijación
a la añoranza
de volver a ver
los ojos de su amada,
lo que lo transformó
en un ciego de corazón.
aún así,
avivaba la obsesión
por lo que no estaba en sus capacidades,
acallando lo que sí.
después de todo,
el amor
no era algo funcional
si no podía mirarse.
y aunque lastime
a aquellos ojos,
ya olvidados,
se convenció
de que si no veía sus lágrimas caer
una vez más,
éstas no existían.
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