Pareciera que no pertenezco más al mundo,
me fundo cuando quiero
con las nubes o con los cipreses,
a veces me gusta ser invisible,
ser adorno del panorama,
contemplar en silencio el ciclo de la urbe,
cómo caen los colores sobre la corona porteña
y cómo se levanta un calor vital
cuando cantan los primeros pajaritos
que dormían sobre la mañana;
hoy no quiero hablar,
necesito digerir en calma y retiro
el fruto amargo que crece todos los días
en la yema de mis dedos,
y manchan mis poemarios,
horrible pulpa, alimento de mártir,
necesito digerirlo
porque me han amenazado
que crecerán más, a medida me pasen
por encima los años.
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