Pasaron ocho años.
Hace ocho años me ilusioné con un presente que todavía era futuro.
Con todo lo que te iba a enseñar, a contar,
con todos los juegos que íbamos a inventar.
Tomaste mi mano, envuelto en cables,
y entendí cuán injusta puede ser la vida.
Supe que, si existiera un dios,
no permitiría tanto sufrimiento,
no lo haría caer sobre un alma tan inocente.
Aun así, pensaba que podías seguir con vida.
Desde mi cuerpo y mi mente adolescente
creía que dios todavía existía.
Noches enteras rezando, llorando,
esperando que todo pasara rápido,
que estuvieras bien,
que papá y mamá dejaran de sufrir.
Con un rosario entre las manos
y con lo último que me quedaba:
fe y esperanza.
Fe y esperanza…
ya no recuerdo cómo se sentían.
Dicen que son lo último que se pierde,
pero yo las perdí días después,
hace ocho años,
cuando me anunciaron que mis ilusiones
se habían desvanecido para siempre.
Hace ocho años me dijeron
que ya no iba a poder verte crecer
ni un solo día más.
Hace ocho años
perdí lo último que me quedaba.
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