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Lo que vale un alma

Jun 8, 2025

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Lo que vale un alma
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Llevaba varias noches sin dormir. La oscuridad despertaba cada célula de su cuerpo. Nerviosismo y ansiedad. Estar acostado le quemaba, por eso, se subía al auto y comenzaba a manejar.

Recorría las calles durante horas. Estas, por supuesto, vacías y con pocas luces alumbrando el pavimento. Algún que otro auto se cruzaba en el camino, dejando una estela de humo proveniente del caño de escape. No tenía un lugar a seguir determinado; tan solo se metía por los antros más “amistosos” que encontraba.

En una de las esquinas siempre se topaba con prostitutas. Aunque nunca había contratado ese tipo de servicio, siempre le daba curiosidad, pensar qué se sentiría pagar por sexo, de qué manera una persona entregaba su cuerpo para poder vivir. Él no era bello, por lo que no conocía aquel mundo. Jamás una mujer se le había aproximado en busca de amor o lujuria; si es que ambas no significaban lo mismo.

Solitario, esa era la mejor palabra que lo describía. Unos pocos días atrás había visto una película cuyo nombre no recordaba, en la que un tipo manejaba por las horribles calles de Nueva York. Sintiéndose muy identificado con él, vislumbró algo cercano a la empatía por dicho personaje. Se dijo a sí mismo que quizás su vida podía ser parte de un filme. Que en algún lado una cámara secreta y acusante, lo enfocaba y mostraba ante extraños: espectadores de otro mundo.

Dobló en una avenida y lo vio. Un chico, de no más de quince años. El pelo corto, estatura media, con ropa blanca y desgastada. Se encontraba parado en medio de la calle. Tuvo que detenerse, ya que, a medida que se acercaba, el joven no parecía mostrar señales de correrse.

Las luces del vehículo eran la única iluminación del espacio. El resto de los focos de la calle estaban apagados, al igual que los edificios y casas circundantes; sumidos en tinieblas.

Tocó la bocina dos veces. No muy fuerte, para que los vecinos no salieran a insultarlo. El joven tenía la mirada perdida sobre el asfalto. No se movía. Lanzó un suspiro y decidió bajar.

Hacía frío y no había agarrado ningún abrigo. Se puso las manos en los bolsillos del pantalón, a medida que se acercaba al extraño adolescente. Le preguntó si estaba bien, y como ya venía imaginando, este no le contestó. Le ofreció llevarlo a su casa. Tampoco hubo respuesta. Pensó en llamar a la policía, pero lo último que quería era pasar la noche en una comisaría, teniendo que explicar aquella extraña situación. Mientras pensaba todo eso, se dio media vuelta, dando la espalda al chico. Cuando volvió a girar, se encontró con él, mirándolo fijamente. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Sin decir nada, se dirigió nuevamente al auto.

Entró y se dispuso a arrancar, pero el motor se ahogó. La adrenalina invadió sus venas. Podía decirse que sentía miedo, aunque en realidad, era algo más parecido a la desesperación. Apretó varias veces el acelerador, el auto avanzaba unos centímetros y volvía a frenarse. De a poco, el muchacho se acercó al vehículo. Él, tan solo pudo agarrar fuerte el volante, para luego golpearlo de forma vehemente, producto de la impotencia. El joven ahora se encontraba aún más cerca. Por fin pudo encender el motor, aceleró a fondo y escapó.

Paró en un semáforo y observó el reflejo del espejo retrovisor del lado izquierdo. En el lugar que había dejado atrás ya no se encontraba nadie. Se calmó por unos segundos. Luego, escuchó movimiento en los parte de atrás. Giró la cabeza. Ahí estaba, el chico, inmutable y con la mirada fija en él. Le preguntó qué quería. El muchacho alargó su mano derecha y le entregó un papel. Lo miró y vio una dirección anotada, escrita con letra desprolija y poco clara. Luego de unos minutos, logró descifrarla.

En el trayecto se interrogó un pensando si todo eso no sería una alucinación, producto del no dormir. No se convenció. Todo parecía muy real.

A medida que se acercaban al destino, los edificios fueron frecuentando cada vez menos. Se estaban alejando de la ciudad. Su alarma interna le decía que todo aquello iba a ir de mal en peor. No se animaba a tocar al chico. Quería echarlo, pero no podía. Por ningún motivo quería tener contacto con él.

Llegaron al lugar. Se trataba de una casona de dos pisos. Las ventanas estaban tapiadas y las paredes compuestas por maderas destartaladas. Cuando se dio vuelta para indicarle al joven que habían llegado, se encontró con que este ya no se hallaba ahí. La puerta se abrió, el muchacho ahora yacía parado con la mano en el picaporte, mientras lo miraba.

Era una invitación a seguirlo.

No se veía casi nada. La oscuridad parecía guardar secretos profundos de la noche. Algún que otro ruido lo sobresaltaba y alarmaba. Pero seguía al chico de cualquier forma. Este parecía emanar un aura blanca, como si todo su cuerpo tuviera una luz tenue. Se dijo a sí mismo que le recordaba a un ángel.

Llegaron a la puerta. Se abrió sola e ingresaron.

Hay cosas que uno dice no creer hasta verlas. Que los espíritus no existen y que la muerte es simplemente el final. Lo que él vislumbró en ese momento lo dejó al borde de la locura. Parecía haber una fiesta. Pese a que por fuera no se veía ninguna luz encendida, ahora había velas y arañas de techo iluminando. Hombres y mujeres vestidos de forma elegante deambulaban por las habitaciones. Notó algo particular en ellos. Estaban muertos. Sus pieles eran grises y oscuras; como si llevaran un largo tiempo descomponiéndose. Todos sonreían y bailaban, pese a que no había música. Tampoco proyectaban sombras.

La delgada línea entre la vida y la muerte se sostenía, débilmente, en aquella casa.

Un sujeto gordo y ancho se le acercó. Le dijo algo al oído. Él se dio vuelta para mirar al chico-ángel. Este le sonrío y asintió con la cabeza. El hombre obeso lo tomó de la mano y se lo llevó a una de las habitaciones. Lo recostó sobre la cama y se puso encima de él. No pesaba nada. Comenzó a flotar, gimiendo.

No le disgustaba del todo. Quizás, vender su cuerpo no era tan feo como pensaba.

Juan Ignacio Villano

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