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LO QUE QUEDA

Jul 24, 2026

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LO QUE QUEDA
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La verdadera anomalía comenzó cuando advertí que podía seguir viendo aun después de perder los ojos.

He estudiado el fenómeno con atención clínica: durante el día, mi cuerpo se arquea hacia atrás, formando una «c»; por la noche, se repliega sobre sí mismo. Puedo resistir esos movimientos, pero al hacerlo experimento la inminencia de una fractura, y no he podido dormir desde entonces.

Por esa razón, esa mañana me presenté en el sanatorio con lentes negros y me encerré en una de las habitaciones del primer piso.

Permanecí de espaldas a la puerta, inmóvil, a la espera de una doctora amiga, que entró poco después, encendiendo la luz.

—Almirón —dijo, acercándose—. ¿Qué te pasa? ¿Estás de penitencia?

—Traba la puerta —respondí de espaldas—. Fíjate que nadie escuche.

Sin insistir, comprobó el pasillo y cerró con llave.

—Ahora sí —dijo—. ¿Por qué no me miras?

—Porque lo que voy a mostrar no admite distracciones. Pido, por favor, que no exagere.

Se aproximó un paso más. Observó mi espalda arqueada, mi delgadez extrema, sin decir nada. Entonces giré hacia ella y abrí los párpados. La doctora retrocedió.

—¿Qué te pasó? —murmuró.

—He perdido los ojos. Y, sin embargo, algo en mí continúa viendo.

Ella guardó silencio. Buscó su linterna; no la encontró. Le ofrecí la mía y dudó, noté un temblequeo cuando la tomó. La luz penetró en mis cuencas oculares. Ella permaneció así unos segundos, racional, para después apartar la mirada.

—Dios —su voz era pesada.

Se tapó con los brazos el pecho, como escondiendo el latido.

 —Intenta de nuevo, pero esta vez mira más adentro.

Lo hizo. Esta vez su mano libre se cerró en un puño junto a la cadera, pero apretando el uniforme. Cuando se irguió, su expresión había cambiado: los labios pálidos, muy pálidos, una fina capa de sudor en la frente.

—No hay órganos —dijo, con esfuerzo—. Solo estructura: hueso, piel… y un entramado nervioso.

—Lo intuí.

Durante un momento ninguno de los dos habló.

—¿Tu cuerpo funciona como si estuviera completo? —preguntó entonces.

—No. No siento hambre, no respiro, no duermo. Solo persiste el dolor.

La doctora asintió, se quedó pensando en una hipótesis que no alcanzó a formular.

—Voy a convocar a otros especialistas.

—¡No! —prorrumpí—. No puede salir de acá.

Permanecimos en la habitación varias horas, examinando posibles explicaciones: ninguna resultaba suficiente. Al concluir, le pedí que me prometiera no hablar de lo ocurrido, lo hizo y me acompañó hasta la salida. Antes de despedirse, sacó de su bolsillo una pastilla.

—Tómala esta noche. Es un sedante para tu insomnio.

—No va a funcionar.

—Inténtalo igual.

Lo acepté. Quedamos en retomar el caso a la mañana siguiente.

Llegué a mi casa con prisa, me desnudé y me puse el pijama, pero antes de acostarme ingerí el comprimido sin agua.  La pastilla bajó del cuello al pie por la falta de órganos.

Me recosté y cerré los párpados. Por primera vez, la contracción de mi espalda no se produjo de inmediato. Esa alegría —mínima, pero cierta— me llevó a considerar que existía algún tipo de esperanza, que el proceso admitía una interrupción.

A la mañana siguiente desperté con una lucidez inusual, pues había logrado el sueño. Durante unos segundos creí que lo ocurrido la noche anterior no había sido más que una distorsión producto del desvelo, pero al incorporarme, advertí que mi pijama había perdido el volumen natural de mi cuerpo. Vi por debajo de la tela y solo quedaba mi estructura ósea, sostenida por un resto mínimo de nervios que se iban consumiendo.

Llamé de inmediato a la doctora Goliat.

—Necesito que venga —dije en voz alta, sin gritar—. Es urgente.

            Hubo una pausa. Se escuchaba una máquina de cortar pelo.

—No puedo ahora —respondió—. Cuando me desocupe me acerco.

No sabría precisar cuánto tiempo transcurrió. Permanecí quieto, en una esquina de mi casa.

Cuando tocaron la puerta abrí sin demora, la doctora entró con rapidez, pero al verme retrocedió tres pasos, luego otros dos, como si hubiera ingresado en el lugar equivocado.

—Soy yo —dije—, Almirón. He perdido la piel y la grasa.

Ella examinó en completo silencio lo que quedaba de mi cuerpo.

—También faltan piezas óseas —añadió—. La estructura no está completa.

Lo verifiqué y tenía razón: faltaban huesos de la cara, de las manos, de los pies y algunas costillas.

—¿Qué me está pasando? —pregunté, desahuciado, sin esperar respuesta.

El proceso continuó. Primero desaparecieron las extremidades; luego, la estructura central comenzó a perder continuidad.

—Ya está —dije—. No hay nada que se pueda hacer.

La doctora no se movió. Sus ojos seguían fijos en el proceso, brillantes al principio —como si presenciara un descubrimiento—, pero a medida que el resto de mis costillas se desvanecían, se apagó. Extendió una mano hacia mi hombro: los dedos se cerraron ahí, para luego quedar en el vacío, suspendidos.

—Es mejor que te retires —dije.

Como un gesto de bondad, la doctora Goliat alzó lo que quedaba de mi cuerpo y lo puso sobre la cama, cerró las cortinas dejando la ventana abierta, luego apagó la luz. Tomó las llaves, abrió la puerta y la volvió a cerrar, devolviendo las llaves por debajo.

Cuando se fue la doctora Goliat, solo me quedaba el cráneo. La inclinación brusca por la desaparición de mi columna me hizo rodar hasta el suelo, mirando al espejo. Recordé toda mi vida y la aprecié por última vez. Luego, mi cráneo también desapareció, pero yo seguía existiendo.

 

Esteban Carrasco

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