Dejar un lugar no siempre es irse.
A veces es arrancarse.
Arrancarse de donde el corazón ya había puesto la mesa, aunque nunca llegó nadie a sentarse.
Es apagar la canción que te sostenía
y descubrir que el silencio
también sabe gritar.
Qué difícil soltar
eso que nos hacía “bien”, entre comillas, porque dolía…
pero era lo único que se sentía vivo.
Sabemos que no somos atesorados;
lo sabemos con la claridad cruel
de quien ama de rodillas
mientras el otro mira hacia otro lado.
Lo más devastador no es que no te amen,
es amar demasiado
y no tener dónde ponerlo.
Uno revienta de amor por alguien
y tiene que empacarse a sí mismo:
los besos no dados,
la piel esperando,
los “quédate” que nunca salieron.
Todo va a una maleta vieja,
esa que guarda lo que no se puede enterrar.
¿Y el amor?
El amor no se tira.
El amor se pudre adentro.
Se vuelve sombra,
se vuelve hambre,
se vuelve una presencia que te apuñala
cada vez que respiras.
Entonces eliges irte.
No porque quieras,
sino porque quedarte
sería morir despacio.
Te eliges
con la garganta cerrada,
con el pecho sangrando,
con el cuerpo incendiándose
por un último abrazo
que nunca fue tuyo.
Y desapareces.
No en paz.
Desapareces ardiendo.

Aleinad
Soy una escritora en formación, una buscadora de palabras que intentan decir lo que a veces la voz calla. Descubrí en la escritura un refugio.
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