Te asombra mi silencio,
pero fuiste vos quien cerró la puerta.
No fui yo la primera en soltar el hilo,
ni la que dejó morir las palabras,
como flores sin agua.
Ahora te sorprende el eco
de un nombre que ya no pronuncio,
de una ausencia que sembraste
y ahora intentás reavivar.
Pero ya no hay versos en este suelo árido,
ni cartas guardadas en mi gaveta.
Si buscas mi voz en el viento,
te diré que ya no pronuncia tu nombre.
Siempre creyendo saber más que los demás,
como si el amor respondiera a tus teorías,
como si fueras la única
capaz de descifrar lo que arde en otros cuerpos.
Pero el amor no es un poema que puedas corregir,
no es tinta que se acomode a tu juicio.
No tenes autoridad para hablar sobre a quién aman los demás.
Siempre nombrando sentimientos ajenos
como si fueran tuyos,
como si pudieras nombrarlos sin errar,
proyectando tu sombra
en la luz de los demás.
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