El agua ya no me permitía avanzar. Me resguardaba bajo cada toldo de florería, mientras los autos más apresurados salpicaban los charcos más cercanos a mí. El destino, el universo, Dios, todo eso. Todo eso me gritaba: ¡Vamos! ¿Qué tiene mojarte? ¿Acaso vas a rechazar un beso bajo la lluvia? Un apretón de manos del cielo, una mirada empapada de ternura.
Mientras tanto, yo solo quería salir de la película. Las luces no eran nuevas, eran amarillas, y la escena se teñía de sepia. Mi sombrero gotea, mis gafas necesitan ser secadas. Las limpio con mi aliento, se empañan, y recuerdo cómo se empañaban igual cuando respirabas cerca de mi frente, de mi nariz, de mis labios. Pasa una F100 bien conservada, y me empapa, me deja hecho sopa. ¡Carajo!
Nadie vino a verme, saco la caja de cigarrillos, pero el pedernal está húmedo. No sirve, porque cuando no hay amor, no hay chispa, y hasta con lluvia, si hay amor, mis ropas arden igual. Pero hoy no. La función fracasa y fracasa, y yo, de teatro en teatro, endeudado con cada pez gordo que no entiende que el arte ya no se valora tanto como el cuerpo de las mujeres que sin pudor se exhiben en obras vacías y costosas.
¡Jazz Club! Un letrero de neón que titila. Me acerco a la puerta, ahí seguro encuentro fuego.
¿Fire?
El portero, moreno, no me entiende. Me abre la puerta, y escucho un piano. Veo a un grupo de ancianos fumando y señalando a cada mujer que pasa. Ni me esfuerzo con el inglés, les señalo el encendedor, y me ofrecen un cigarrillo. Uno de ellos me quita el sombrero, lo exprime, se ríe, me dice algo en inglés que no entiendo y le respondo: ¡Ja! ¡Yes!
Misión cumplida, cigarrillo en boca. Me dirijo a la salida, me quedan veintidós cuadras hasta la humilde habitación que estoy alquilando, donde me siento como Peter Parker, pero sin ningún tipo de superpoder arácnido, extrañando que me arañes como cuando era más joven y no me importaba nada más que eso; Peter Parker a secas, y seco.
EXIT. Toda la cartelería de neón, y de pronto, subiendo las escaleras al extraordinario mundo común, me detengo instintivamente al escuchar un solo de piano. Mis pies están congelados, puedo sentirlo. Ya me remangué la camisa hasta tres cuartos, y la corbata beige que compré en la feria la llevo en el bolsillo, que es de corte chino, porque no había otra opción. La corbata con la que envolví cuidadosamente las gafas para llevarlas en el mismo bolsillo.
DA, DURAM, DURAM, BIBIRI, SARABOBAMBUMBUM, BARA, BARAM, DA, DI, DIDUM, DIDUM.
Soy actor, no sé de notas ni partituras. Sonaba así, y pude ver frente a mí una escena. Entraba ella, Grace. La conocí en la primera clase de teatro. Ocupaba el espacio, tenía un lunar en el cuello, de esos que no dan asco. Y con esa pieza de jazz comenzaba a improvisar, mientras ponía cara de preocupación y decía: ¡No señor! ¡Es demasiado tarde para que te vayas! Interpretaba a una santa monja que no quería ser abandonada en su celda por un tal SEÑOR. Y yo, desde la butaca, la miraba, deseaba ser ese Señor al que ella rogaba que no se fuera, pues yo le diría: ¡Eres un ángel! ¿Cómo me voy a ir?
Comprendí entonces que la música, al igual que la comida, cobra un verdadero sentido en nuestra vida cuando nos transporta al pasado y nos permite crear nuevas escenas con lo que hemos vivido desde ese momento y en contraste con el presente, mezclando experiencias, deseos, amores, paseos. Volví, y aunque Grace no necesitara música para improvisar, yo la vi de nuevo mientras escuchaba a esa pianista, a quien vi de espaldas al regresar sobre mis pasos.
Me senté y pedí un Fernet. El camarero me trajo un whisky. ¿Who is she? El mozo sonrió, me miró cómplice y, separando las sílabas, me dijo: KA-MI-LA.
Me olvidé, como siempre, de que cometo el error de pensar que vivo dentro de una película, como si mi nombre fuese Truman y no José. Me quedé hasta el final, ella salió por la puerta de atrás. Me enamoré esa noche de Camila. ¿Quién serás? Para mí, nada más que una máquina del tiempo, haciendo posible lo único imposible en la vida: transformar el pasado, que es lo único que podemos cambiar.
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