Como tantas veces, agarré mi bicicleta y me tomé el tren hasta Aristóbulo del Valle. El camino al río estaba lleno de casonas coloniales, barcitos antiguos y parques donde la gente sacaba a pasear a sus perros.
Pasé por el chino de siempre, compré una botella de vino y pedaleé hasta llegar a las piedras. Entre todas, había una que era mía, mi diván de terapia.
Me saqué las zapatillas y dejé que mis pies flotaran en el agua. No necesitaba nada más que mirar las olas, mientras la brisa me pegaba en la cara y aflojaba una parte de mi cerebro que nunca supe cómo nombrar.
El río es uno de los pocos lugares donde encuentro paz. Perdería la noción del tiempo si no fuese por mi reloj de arena, la botella.
Empezó a oscurecer y volví pedaleando con la lentitud de los barcos que se veían a lo lejos. Llegando a la estación, el ruido de la muchedumbre y los bocinazos formaban parte de la banda sonora; y el olor a río se transformaba en benceno y alquitrán.
Me subí al furgón, que estaba lleno, y tiré mi bicicleta donde pude. El humo del crack y del paco se fusionaban en una nube tóxica que se pegaba al techo y caía en forma de vino tinto.
Al fondo se veía un cochecito de bebé. Escuché un llanto que provenía del interior y, cuando me acerqué a mirar, vi a un fisura al que le faltaban los brazos y las piernas. Lloraba con una voz infantil: «¡GUAA! ¡GUAA!». Una mujer al lado del carrito se agachó para darle merca con la punta de una tarjeta. Entonces el llanto cesó.
Por los parlantes de la estación se escuchó una voz protocolar: «Se les recomienda a los señores pasajeros que cierren ventanillas por apedreamiento entre las estaciones Boulogne y Montes». Nadie cerró nada.
Pasaron unos minutos y empezaron los ruidos: ¡pum!, ¡pum!, ¡pum! Las piedras chocaban contra los vagones y algunas entraban por las ventanas.
—¡AAAAAAAAH! —gritaba una señora, mientras se llevaba las manos a la cara y la sangre le corría por los dedos.
—¡Pero la puta madre, esto es un psiquiátrico andante! —dijo un hombre de traje.
—Tranquilo, señor, tómese una de estas —le respondió un tipo de bata blanca, poniéndole un clonazepam en la palma de la mano.
Cuando estaba por llegar a mi destino, el tren frenó de golpe. Una mujer salió de los matorrales al costado de las vías y se puso delante de la locomotora.
—¡Hacé la fila, hija de puta!
—¡No te colés, la concha de tu madre!
Gritaban algunas personas que esperaban en hilera para tirarse a las vías.
—¡Señora, tiene que seguir el protocolo o acá no se muere nadie! —dijo el maquinista, señalando la fila de infelices.
La mujer agachó la cabeza resignada, mientras iba al final de la fila.
«Este no es lugar para una criatura» pensé. Envolví al hombre-torso en la mantita y volví pedaleando con él hasta casa.
Cuando llegué, me apoyé contra la pared y suspiré.
—¿Cómo me voy a curar de la locura en esta ciudad?
El hombre-torso soltó una risa.
—La locura no tiene cura, flaco.
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