Nos conocimos en el augurio del verano.
Entablamos la primera conversación real bajo los últimos rayos del día, esas pinceladas anaranjadas que, a medida que acechaba el solsticio, se desdibujaban un poquito más que ayer, pero menos que mañana.
Y, al igual que los rayos, cada día pasábamos unos minutos de más juntos. Minutos que se sentían completamente nuevos y jóvenes, como si el ayer hubiera sido hace un siglo, como si el mañana no nos estuviera prometido.
A cada despertar, nuestro yo estaba un poco más inmerso en esa peligrosa pero voluntaria simbiosis.
A cada anochecer, teníamos un fragmento del otro sobre nosotros, ornamento barroco; decorado de armadura.
Y cuando nos dimos cuenta de que vivíamos en el albor, este ya parpadeaba ligeramente.
¿Qué hacen las polillas cuando se apaga la llama?
¿A dónde migran los pájaros cuando empiezan las heladas?
Ella te conoció mío y te moldeó distinto.
La mayor traición jamás será que te dejaras.
Quizá no te vistas igual, a pesar de que llevas camisetas que yo te regalé.
Puede ser que no hagas mis gestos, pero tampoco haces los que eran —y son— tuyos.
No hay ni un ápice de luz en tus ojos.
A mí no me da miedo que te haya hecho suyo o que la quieras de verdad; a mí me asusta que seas una escultura de mármol pulido.
Sin aristas, sin durezas, sin textura.
Te miro y no te reconozco, pero tu piel es la misma.
Te hablo y me responde aquello que ahora habita en tu piel.
La mayor traición es que este tú ya no eres tú, y eso es desgarrador.
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