Comenzaron a caer unas gotas en la ciudad. Unas pocas entre tanto calor, pero se empezó a levantar la humedad. Y con ella, todo lo callejero. Hay que llegar rápido a la casa. Todxs corriendo, ¡pero si son sólo unas gotas! De repente, todo fue muy de repente; el primer grito. Un ojo derretido y un hombre cae al suelo al dolor. Se retuerce con las manos en la cara. Como queriendo contener un espanto que se le escapa. La mujer que está al lado: ¡Ambulancia! Todos corren bajo techo y el muerto en la vereda se retuerce. Desde ahí les miran inquisitivos. ¿Qué le pasó al viejo? Es la lluvia. Está maldita. Está cargada de ácido. Una: a mí me quemó la ropa. Otro: menos mal que uso gafas. Varios heridos no se lo explican. Esta ciudad está condenada. Sólo el ruido de la lluvia. Ni las bocinas salen al encuentro. En cuatro segundos de acción todos entendieron. Y se escondieron. A nadie le importó de dónde venía o porqué. Actuaron por supervivencia. Tres horas así y paró. Nadie quería caminar, ni pisar un charco. Pero nadie preguntaba, por las dudas se largara de vuelta. Algunos buses valientes terminaron sus recorridos. La mayoría volvió a su hogar. Por suerte seguían en pie. Esa noche la ciudad durmió. Al otro día todo retomó su rumbo con cierta normalidad. Pero las bocinas ahora eran más silenciosas. Los noticieros también callaron. No hubo titulares, a penas comentarios raros. Alguien arrastró al muerto a su cueva y se lo comió. Así hinchado como estaba. Y se siguieron los días hasta que se olvidó. Para siempre, hasta el próximo diluvio.
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Rocío Giménez Ferradás
Hola! Soy dibujante pero las palabras son un jardin en el que refugio el pensar
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