Noche de diciembre, aquella tarde que estaba haciendo mi piel erizar, sintiéndome tan distinto, sintiendo que simplemente no encajo en ningún lugar. Cena navideña, ambiente familiar y romántico, y solo puedo sentir cómo estoy a nada de explotar, de tener un vómito verbal que me dejará doliendo el estómago por días.
Abrumado, salgo corriendo al porche de la casa, sentándome en las escaleras congeladas y resbaladizas, apoyando mi rostro en mis rodillas; quiero sollozar, mi pecho oprimido con tantos sentimientos que no puedo explicar, sintiéndome tan solo, invisible.
Estiro mis dedos, queriendo atrapar esa serenidad que poco a poco se está escapando de mí; está lloviznando y tal vez me estoy mojando un poco. Mis ojos están pesados, mi cabello negro helado, mi nariz roja, mis labios secos y quebradizos; de lejos puedo escuchar el murmullo de otras personas: familias, mascotas, parejas. Puedo escuchar a mi propia familia en el interior de casa. ¿Cuándo podré pertenecer? ¿Está escrito en el libro de la vida mi soledad?
Con ojos secos, me fijo en el cielo oscuro y vacío de estrellas; siento tanto y a la vez no siento nada. Estoy tiritando, temblando en palabras y sueños no dichos; no tengo con quién conversar, no tengo brazos a los que pueda huir.
Excluido, lloroso, solitario.
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