Lista de cosas que juré que nunca iba a hacer .
Jun 29, 2026

Cuando era chica estaba convencida de que crecer era, básicamente, mantenerse fiel a ciertas ideas.
Había cosas que simplemente no iban a pasar. No porque alguien me las prohibiera, sino porque yo ya había decidido qué clase de persona iba a ser.
Nunca voy a fumar.
Nunca voy a tomar café porque es amargo y no entiendo cómo a la gente le gusta.
Nunca me voy a saltear el desayuno. El almuerzo es importante, decía, como si a los diez años una pudiera imaginarse lo que era salir apurada de casa, vivir a base de mate y descubrir que desayunar ya es un logro y almorzar en hora se volvió una aspiración más que una rutina.
También juraba que nunca iba a decir que estaba cansada. Me acuerdo de mirar a los adultos bostezando un martes a las cuatro de la tarde y pensar, qué exagerados. Hoy hay días en los que me despierto cansada. Ni siquiera entiendo cómo funciona eso, pero pasa.
Y así con todo.
Uno de los grandes engaños de la infancia es creer que conoce a la persona en la que se va a convertir. Como si el futuro fuera una decisión y no una negociación constante.
Porque nadie empieza fumando un paquete por día. Nadie se levanta una mañana y dice, "a partir de hoy voy a desayunar un café y ansiedad". Las cosas pasan de a poco. Probás un cigarro en una salida. Después otro. Un día descubrís que el café no es tan feo, sino un propulsor caliente que te convence de que vas a poder con el día. Y cuando querés acordar, llevás años haciendo exactamente eso que jurabas que nunca ibas a hacer.
Lo más gracioso es que antes yo pensaba que esas personas eran incoherentes.
Ahora creo que simplemente se hicieron adultos.
También decía que nunca iba a hablar del precio de las cosas. Me parecía una conversación aburrida, reservada para adultos que ya no tenían nada interesante para decir.
Hasta que un día me descubrí diciendo, "¿Viste lo caro que estan los huevos?".
Y opinando al respecto. Bueno, hay cosas que preferiría no admitir.
Como la felicidad que me genera encontrar algo que necesito en oferta. Hace unos años hubiera salido emocionada por comprarme unos zapatos. Hoy puedo mandarle una foto a una amiga porque encontré un 2x1 en ropa interior. Si eso no es crecer, no sé qué es.
Otra promesa que rompí fue la de acostarme tarde todos los fines de semana. Yo estaba convencida de que los sábados eran para salir, volver amanecida y dormir hasta el mediodía.
Hoy hay sábados en los que a las diez de la noche ya estoy en pijama, con una serie, acurrucada con mi novia y el celular en modo "no molestar". Y, sinceramente, me encantan esos planes.
También juré que nunca iba a entender a mis padres.
Ellos decían cosas que me parecían tan dramáticas. "Apagá la luz si no la estás usando". "No abras la heladera para pensar". "Llevate un buzo por las dudas".
Hasta que un día me escuché diciendo exactamente las mismas frases.
Sin ironía. Sin que nadie me obligara.
Como si hubieran estado esperándome pacientemente todos estos años.
Y quizás la promesa que más me sorprende haber roto sea otra.
Yo decía que nunca iba a cancelar planes porque sí. Me parecía una falta de compromiso, una excusa.
Ahora hay fines de semana en los que alguien cancela y, después de sentir culpa durante unos segundos, experimento un alivio difícil de explicar.
No porque no quiera a mis amigas.
Sino porque, a veces, quedarse en casa también es una forma de cuidarse.
Supongo que crecer tiene mucho de eso, dejar de juzgar cosas que todavía no entendemos.
Es muy fácil decir "yo nunca haría eso" cuando la vida todavía no te puso en esa situación.
Cuando todavía no conociste a esa persona.
Cuando todavía no necesitaste ese trabajo.
Cuando todavía no tuviste ese cansancio.
Cuando todavía no eras esta versión de vos.
Creo que de chicos confundimos principios con predicciones.
Decimos "yo nunca".
Pero en realidad queremos decir "todavía no me pasó".
Y hay una diferencia enorme, porque después pasa, y ahí entendés.
Hoy desconfío bastante de la palabra nunca.
No porque crea que todo da lo mismo, sino porque aprendí que la vida tiene una habilidad impresionante para cambiar de opinión por nosotros.
Y quizá crecer no consista en cumplir todas las promesas que nos hicimos de chicos.
Quizá consista en mirar a esa versión nuestra con un poco de ternura.
Entender que hablaba desde el único lugar que conocía.
Y aceptar que, dentro de diez años, probablemente vuelva a leer esta columna y me ría.
Porque seguro hay cosas que hoy digo que nunca haría, y la vida, como siempre, debe estar diciéndome, "Estúpida, no vas a arruinar mis planes".
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