Yo tampoco sé cuando parar.
Te miro y me sangra el pellejo.
Yo no quiero éstos pies qué me tumban a rodillas de el resto, incapaces de sostener mi realidad.
Yo no quiero esta verdad pincha, incolora, tan pesada y caduca.
Y mis manos ya pierden el rumbo para mi flota incompleta.
Yo soy la que acecha, yo mató a la presa.
Yo misma no he descubierto la muerte y vivo con ojos secos.
Pero tampoco he sabido bien de lo que se trata la vida.
Mi pobre santa, que te lleve el viento, no merezco menos que eso.
Estás en la peña delante del abismo, estás condenandote, tu tienes alas! Vuela mi luz que eres del cielo.
El ahogado enjuto de pecados me llamo garfio; qué por tomar vidas hiba a truncar la mía.
Lo se, pero no hay alas que arranquen estás cadenas o condena que me haga vagar sin ellas.
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