1. Libertad.
Los brazos marcados por los golpes,
la espalda rasguñada
y los labios desarmados a mordiscones.
Me siento vivo, pero
¿A qué costo?
Le agarré la mano a la vida.
Pero no a la vida "bien".
Le encontré la vuelta
a desarmarme en sexo
sin culpas, a poseer.
A la cocaína cacheteándome,
al alcohol asfixiándome
con sus dulces manos,
a los besos mojados
que solo sabe dar
la vida explayándose
en camas ajenas,
en corazones que
pretenden hacerme quedar.
Yo, un malabarista del amor.
Un mochilero eterno.
Y por eso mismo
la miré a los ojos,
y le dije convencido:
Tu paisaje es hermoso,
el ambiente es cálido,
pero tengo la moto
a tope de nafta,
y la ruta se ve tan linda.
2. Deseo
Al despertar se encontró desnudo y acompañado. Aturdido por la resaca, su cabeza explotaba y su garganta se encontraba seca por demás. Registró rápido su entorno y, haciendo un esfuerzo descomunal, comenzó a ensamblar lo sucedido la noche anterior. Era de suma importancia, ya que "Ella" despertaría en cualquier momento, y sería poco caballeroso hacerse el distraído ante algún comentario.
Cuando ella abrió los ojos, se dio vuelta y lo miró a la cara buscando cariño. Él tenía una erección y su instinto animal le pedía a gritos penetrarla de nuevo. Al observarla a detalle, vio señales claras de una buena noche: tenía manos marcadas en el cuello, los hombros, dedos en la mejilla, y su rostro perdió dulzura producto del maquillaje corrido, el pelo revuelto y cara de haber participado en alguna clase de duelo a muerte.
Él creyó que no obtendría lo que su cuerpo pedía, pero para su sorpresa ella entendió todo al instante y, con su rostro complaciente y sonriendo, procedió a perderse debajo de las sábanas para después hacerlo entre sus piernas. Después se montaron, con las ganas de bestias furiosas, a sabiendas de que no se encontraban solos.
—Me voy a abrir el local, hago unas compras y vuelvo, así desayunamos todos.
—Se me parte la cabeza, dormiría un rato más.
—¿Preferís facturas o algo salado?
Él pensó: ¿En serio? ¿Vas a ser así?
—Lo que vos quieras, pero ¿te jode si duermo hasta que vuelvas?
La noche anterior él se quiso ir a bailar; su selección había jugado y los pibes del barrio lo llamaron para ir a festejar al Tropitango Bailable. Él había visto el partido con ella y una pareja amiga; estaba ebrio y feliz, con ganas de festejar, pero ella tenía otros planes. Al escucharlo hablar por teléfono le recordó que ella no conocía el Tropitango y quería hacerlo. Él se preguntó: ¿Ahora? ¿Justo hoy?
Esa noche él estaba dispuesto para todo, y en el baile era muy probable que lo estuviera esperando una compañera de estudios con quien tuvo el placer, pero nunca el tiempo. En su cabeza daba vueltas una idea, una pregunta: ¿Si en una hora y a las apuradas nos hicimos todo eso? ¿Qué pasaría una noche entera?
Su humanidad se redujo a un perro jadeante que escupía espuma por la boca; sus pupilas se dilataron y solo imaginaba toda esa música sonando mientras la morocha de un metro setenta pedía ser tomada de la cintura y ser sacada a bailar. Ella, como si le pudiera leer la mente, se dedicó a provocarlo el resto de la noche hasta que finalmente, y por algunas horas, se adueñó de él.
3. Vertigo
Me encanta
que seas realmente distinta,
me conmueve.
Tu capacidad de ver
y analizar
me excitan.
Pero llegaste
en el momento equivocado.
Las voces en mi cabeza
me gritan,
recriminan,
me juzgan.
¿No era esto lo que querías?
Les respondo:
Bien dicho...
Quería.
4. Verdad.
—Te vas a tener que acostumbrar.
—¿De qué hablás?
—Que estoy re loca.
—Vos no sabés cómo están las cosas por casa.
—Me encanta, estás enfermo.
—Nos entendemos una banda, ¿no?
—Creo que sí. Aunque muchas cosas las entendés aunque no te las diga.
—No soy especial, tengo once años más que vos.
—¿Por qué de repente siento que te alejás? Ayer también, por momentos me esquivabas. Parecía que, a medida que escabiabas, fuiste bajando la guardia.
—No te quiero lastimar. Vos me dijiste algo que me quedó dando vueltas en la cabeza, y no sé qué hacer con eso.
—¿De qué hablás? ¿Dije algo malo?
—No, malo no. Pero bueno, no me parece hablar de esto ahora, después de la noche que tuvimos.
—A mí sí me interesa hablar, ¿sabés? Ya empezaste, ahora terminá.
—No es que no seas especial... Y sos distinta, de verdad sos distinta. Y posta, nos siento en la misma onda, en el mismo nivel, el mismo humor, las mismas ñoñadas. Sos inteligente de verdad, no sos un proyecto. Tenés actitud, no sos vulgar. Se nota que no sos la clase de mina que puede tener cualquiera. En criollo: no te baja la tanga cualquier cara bonita.
—Y... ¿entonces?
—Yo no sé lo que quiero. O sea, sí sé lo que quiero para mi vida, pero muchas cosas no sé cuándo las quiero. Y vos me dijiste textualmente que no querías ni podías compartirme con nadie. Yo vengo de conocer un montón de gente, vengo de relacionarme con mucha gente, y la verdad no sé ni quiero obligarme a imaginar qué va a pasar en mi próximo viaje. No quiero tener que cuidarme de nada ni de nadie.
—Está bien. Lo entiendo. Igual fue una forma de decir. Yo sé que no somos nada. No te dije que nos casemos.
—Sí, pero nos estamos manejando mal, yo me estoy manejando mal. Estoy haciendo todo mal. Incluso en tu cara se nota que no te está gustando una mierda lo que te estoy diciendo.
—Me quiero ir.
...
—Está bien, podés irte.
—¿No me vas a decir más nada?
—Sí. Nuestra historia puede ser muy linda, y se pueden construir un montón de cosas más lindas aún. Pero si estás buscando algo más serio y formal, tengo el deber moral de cortar esto acá. Y no porque no me guste lo que pasa, pero no puedo cargar con la culpa. Tampoco quiero tener que mentirle a nadie.
—Yo no soy "nadie". No me gusta que me comparen. Igual entiendo, de verdad. Yo tampoco busco nada; por ahí me estoy dejando llevar. ¿Te puedo preguntar algo?
—Sí. Preguntame lo que quieras.
—¿Te ves con más gente, no?
—Sí. Pero nada que ver.
—¿A qué te referís con "nada que ver"?
—Que lo demás es sexual. Me aburro fácil, me gusta la aventura, me mueve el morbo, no sé qué me pasa. De un tiempo atrás a ahora me vienen pasando cosas y siento que distintas personas me llenan desde distintos lugares. Perdón, no te estoy diciendo que no. Te estoy diciendo que podemos querernos, cuidarnos y hablar de lo que sea, pero que no quiero que nadie me vea caminar de la mano de nadie. Tampoco quiero dar explicaciones, no estoy listo.
—Imaginé que podrías decirme algo así en algún momento. Es loco, me gusta y me calienta. Me dan más ganas de quedarme con vos todo para mí. ¡Jaja!
—Qué bueno que puedas reírte, porque me torturé pensando en esto.
—Entonces sos la clase de boludo que, cuando no puede decir las cosas, prefiere alejarse.
—Puede ser, fui así mucho tiempo.
—Si me dejás de hablar de un momento para otro te juro que te mato. Ya que tan bueno sos para chamuyarme, abrí la boca para hablar de lo que sea. Me dijiste que era lo que te gustaba de mí.
—Me sorprendiste y me cerraste el orto en la misma oración.
—Sí... sí. Te quiero hacer una pregunta más. ¿Estuve bien anoche? ¿Y hoy a la mañana?
—Estuvo re bien. Y quiero más.
—Ahora te voy a hacer sufrir, hijo de puta.
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