De las que cometen alta traición y el pecado de confesarse cuando le diste la espalda. En el anhelo de haberte marcado lo suficiente, más allá de la tinta en la piel, dejándose resonante en cada esquina de los distintos barrios.
Son de las que no le basta una comuna. Con el juego hilarante de sentarte en cualquier lado, de comer cualquier cosa, de poder perderse entre mapas y eventos insólitos. De las confesiones a deshoras, de la repetición de instancias, para no avergonzarse en el aceptar del apego.
¿Qué es el miedo?
Estar sin vos, supongo.
Seguro respondiste en cuanto me fui al baño. Que todas las palabras que te contuviste las dejaste rayadas para asegurar que las lea, con la crueldad innecesaria de quien juzga sin importarle. Convivir con el enemigo del lenguaje. Del reclamo mal conjugado entre verbos que le erraban al tiempo. Y el camuflaje de un juego que probablemente solo sería efectivo si nunca empezaba el partido.
Tácito, susurro del barrio. De la noche de Almagro que guarda tu risa.
A veces vuelvo a aquel barrio. Leyenda urbana.
Bruma de madrugada.
Promesa cumplida de no fallarme a destiempo.
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