¡Señor,
tú que habitas el eco de los huesos,
que escuchas la carne cuando gime,
esta carta, esta petición de polvo, te alcanza.
Mis días son un estruendo,
un tribunal donde la existencia me acusa.
¿Qué delito he cometido para cargar con esta losa?
Mis noches, un inventario de silencios rotos,
de un corazón que intenta parar,
que suplica el cese.
Mírame, Señor, este cuerpo ya sin latido,
esta piel malograda por la pena,
soy un cadáver que respira, un error que camina.
Mis ojos, ventanas abiertas a la nada,
mis manos, ramas secas que buscan dónde asirse.
Oh, Señor de la ausencia, de la penumbra fértil,
dame la paz que se desliza entre los dedos,
la quietud de un lago sin fondo.
O, si no, si la vida es solo esta agonía,
llévame.
Muéstrame las razones de este exilio,
la felicidad que se niega,
la paz que me esquiva.
O simplemente, oh, Señor,
hazme dormir.
Hazme el don de la muerte, de la noche perpetua,
para que este dolor, esta canción de cuervos,
encuentre su final.
Para que mis huesos dejen de crujir,
y mi alma, por fin, descanse.
[Señor, esta carne agotada te suplica: dame paz o la muerte. Mis huesos claman el fin de este dolor.]

peregrino
Desde la herida, la palabra. Poesía como un hueso astillado, películas, fantasmas en celuloide, música, un nudo en la garganta. Existir es este temblor.
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