No quiero desarmar mis valijas porque se que la realidad es que dejé mi casa, mis costumbres y la piel que se puso esa ropa antes.
Trato de fingir la sonrisa más natural y parecer despreocupada, como si fuera una cosmopolita en esencia.
Camino por las habitaciones tratando de encontrarme en algún hueco. Tratando de acomodarme en alguna calidez o algo que se le parezca a sentirse en casa.
Me veo en el espejo y no me veo. Me veo con manchas, con los ojos rojos de tanto llorar y con una nostalgia al extasis que sentí antes de viajar.
Me siento en la cama y me dejó ir en lágrimas sumamente saladas. Permanezco inerte, estática, como si fuese una estatua de piedra de algún parque qué anhela morir en batalla. Ser un poco mártir.
Deseo no moverme y no pertenecer al algodón de esta cama.
Quiero la nostalgia de mi pasado.
Me voy empapando de recuerdos y creo un charco de imágenes, de gente que extraño, de lugares que conozco de memoria y de todo lo que dejé, que siento que ya no será.
Me acomodo en la cama recelosa, sin querer estar cómoda porque necesito que la incomodidad me invada tanto que pueda habitar los recuerdos de mi pasado. Apreciar lo que era mi vida antes de esta cama, que no es mi cama. Pero, lo será?
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