Estando en la pequeña mesa, rodeados de olor a café, tu mirada se perdía entre la gente que al pasar hacían sonar sus pies, la mía repasaba las letras de otras tierras buscando los cómo y los por qué, atrapándome así entre la aventura y la fantasía que se graban en un poco de papel.
Entonces te reclinaste cómodamente sobre la mesa y declaraste tu intención de la forma más humilde y honesta “por favor, lee para mí”, lo que hizo que mis ojos se asomarán por el borde, mi ceja derecha se elevara y mi sonrisa permaneciera escondida entre las páginas.
Aclare mi garganta y comencé el relato, haciendo énfasis exagerado en aquellas expresiones que permitían saber la calidad del momento entre los actores, tus ojos se abrían estupefactos en esos momentos en que más que leerte un libro te ofrecía una obra de teatro.
No perdías ningún detalle e incluso, de cuando en cuando, mordías tus uñas sin poder evitarlo, presa de la emoción del momento, de los laberintos y quimeras, de los héroes y sus pruebas, aquellas que los elevaban al Olimpo de sus vidas, junto a camaradas y colegas.
Ya caída la tarde acercaste tu mano al libro haciéndolo descender al acercarte, me besaste hasta el delirio y sin más a mi oído susurraste “ya es hora de irnos, guarda algo para la casa”, entonces sonreí y volví a besarte, apresurando los pasos por lo que me provoca el instante.
Autor: Oswaldo Oropeza
País: Venezuela 🇻🇪

Oswaldo Oropeza
Las letras crean palabras, las palabras crean frases, las frases permiten describir los sentimientos.
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