Lo extraño tanto que a veces el aire pesa, que su nombre se me queda atorado entre el pecho y la garganta.
Me pregunto si allá, en algún rincón de su noche, también le duele mi ausencia como a mí me duele la suya.
Si cuando mira el café recuerda el color de mis ojos, o si ya los confundió con cualquier otro atardecer.
Me pregunto si ya tomó otra mano, si ya aprendió a pronunciar “te quiero” sin que le tiemble la voz como le temblaba conmigo.
Aún me pregunto si realmente recuerda cada fracción de mi cuerpo, si aún recuerda el ataque de besos o si recuerda como yo lo amé con una locura.
Al llegar el amanecer tu ausencia duele más, porque al anochecer te puedo tener en cada uno de mis sueños, viendo tus lindos ojos cafés que brillan junto al sol.
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