I
Solo por hoy
vas a poder decirme
las palabras que tenés en la boca,
antes de que el murmullo regrese
y todo vuelva a hundirse
bajo el celaje del no dicho.
Solo por hoy,
podrás.
II
Pensé que no existías.
Que eras apenas un espejismo
entre mis parpadeos letárgicos,
una de esas quimeras
que brotan en el delirio
de los que no duermen.
Pero el murmullo de ellos —
los que te oyeron
cuando aún eras sólo hálito—
me hizo conocer tu voz.
Y fue como auscultar una herida
que ya no sangra,
pero aún duele.
III
Gracias a esos otros,
los que escucharon por mí
cuando la aurora aún no llegaba,
pude calmar las voces
que araban mi pecho con cauterio.
Pude entrar en el resquicio
donde lo real deja de serlo
y el amor —finalmente—
susurra sin pedir permiso.
IV
Y así,
calmé el murmullo que existía en mí.
El eco que imitaba mi nombre
cada vez que el silencio se quebraba.
V
Ahora sé
que existís.
Que también escuchás.
Y que a veces,
sólo a veces,
la latencia encuentra tregua.
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