Una película de terror agobia mi alma. Entresueños, cinco de la tarde, el sol y la última agrietada mirada, el nunca corazón herido. Voy describiendo mis sueños transformados en la muerte. Una sobra del universo.
Siete de la tarde, el asfalto está aún tibio. Resuenan los motores añosos al llegar al final. Como el otro día, la piel sigue siendo aún más fina.
Me llama mi vieja mientras trato de escribir, la lágrimas se desploman al entender que llega el final mientras escucho su voz entre los pájaros y los grillos que esperan la noche.
La soledad es la penumbra más abrumadora que produce un dolor irremediable. Sin solución.
Los ladrillos constituidos con los años de vida están destruidos. Pensando lo más lindo de cada capa de material que recubre cada pieza del alma. Desesperación para armar. Pérdida total de la identidad, ya no tengo a quién abrazar, ya no tengo a quién proteger, ya no soy desde ningún lugar. Mis brazos se desarman en el aire, sin ser no se puede amar.
Lloro cada día y el dolor es peor. Aunque haya pasado tanto tiempo te extraño más que nunca. Sostengo los hilos que abrazan mi voz en el viento.
Nueve de la noche serán y no quiero más este ni ningún despertar.
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