Hay personas que llegan para quedarse.
Vos llegaste para convertirte en pregunta.
Todavía no sé qué hacer con eso.
Yo venía de amar como quien golpea una puerta cerrada, dejando los nudillos en la madera, esperando que el dolor tuviera la cortesía de parecer destino.
Y entonces apareciste vos, con esa forma tuya de no exigir nada, de habitar los silencios sin llenarlos, como si el mundo pudiera sostenerse sobre el simple peso de dos respiraciones.
Pienso en aquella noche.
La oscuridad apoyada en los muebles. Las sábanas desordenadas. Tu voz llegando desde algún lugar entre el sueño y la vigilia:
"Quisiera volver siempre a este recuerdo."
Y el tiempo, por un instante, dejando de correr para quedarse escuchando.
No entendí lo que me dabas.
Hay regalos que llegan demasiado temprano y sólo revelan su forma cuando ya es imposible agradecerlos.
Después desapareciste.
No como se van las personas, sino como se van ciertas estaciones: una mañana el aire cambia y uno tarda meses en aceptar que el verano terminó.
Lo extraño es que no sé si te amé.
Y sin embargo vuelvo.
Vuelvo a esa frase. Vuelvo a ese silencio. Vuelvo a la calma que dejabas caer sobre mí como una manta sobre un animal asustado.
Porque antes de vos yo creía que amar era temblar.
Que amar era esperar.
Que amar era no alcanzar nunca.
Y ahora cargo con la sospecha terrible de que tal vez el amor era aquella habitación en penumbra,
y alguien que, mientras el mundo seguía derrumbándose lejos,
sólo deseaba volver a un instante conmigo.
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