Las manos. A mí me llaman la atención las manos. Las de ellas y las de ellos. Gastadas, arrugadas, con uñas largas y llenas de tierra.
Miro las mías: lisas, sin cicatrices (excepto por una sola en la palma), con dos anillos en cada una, limpias. Una de ellas, la izquierda, sostiene una Coca Cola. En mis pies llevo unas zapatillas Nike.
Las de ellos y ellas llevan ojotas o zapatillas, que se encuentran como sus manos: cansadas. Están en la calle, en la vereda, en muchas partes. Están ahí porque venden comida, artesanías, ropa.
Una señora me habla en inglés. Le digo que no, que soy argentino. Su postura cambia y en su cara aparece una sonrisa. Antes, cuando me hablaba en otro idioma, estaba seria.
Me quiere vender algo, creo que me ofrece masajes. Me dice “niño bonito”, “joven bonito”. Me río, me da verguenza, y sigo caminando.
Me sorprende el color de este lugar. Sus olores también. Se parece a Jujuy, pero estoy más lejos. No tanto, pero más lejos.
Me mareo. Quiero vomitar. Caminar me cansa mucho y ya sé que correr es imposible. En esta enorme ciudad hay muchísima altura y me falta el aire. Hace veinte días estaba del otro lado del océano. El choque cultural es demasiado para tan poco tiempo. Es todo muy diferente y mis ojos no logran procesar tanto. No solo mis ojos. Empiezo a sospechar que el mareo y la falta de aire no es por la altura.
Llego a la cima. Costó, pero acá estoy. Me quedo hipnotizado. No hay muchas cosas que me hagan sentir así, pero esto sí. Me quedo mirando largo rato. Pienso en San Martín. Cada vez que me toca subir, pienso en él. También pienso en Ernesto Guevara, antes de ser el Che, cuando charló con dos chilenos que buscaban trabajo. Ellos viajaban por necesidad. Cuando le preguntaron a él si hacía lo mismo, respondió que no: que viajaba por viajar, por placer.
Arriba, esto: miedo, admiración, dolor y, supongo, placer también. Me agradezco estar acá. Me pregunto por las cosas que no sucedieron y siento dolor. Escucho lo que dicen que pasó y siento lo mismo. Me creo enorme. Muy grande. Y, a la vez, insignificante. También me pienso un poco impostor. Ya no sé bien hacia dónde tengo que ir.
Recuerdo a Facundo Cabral.
“Me gusta ir con el verano muy lejos, pero volver donde mi madre en invierno, y ver los perros que jamás me olvidaron, y los abrazos que me dan mis hermanos”
Me subo al avión y vuelvo a mi casa sabiendo que jamás volveré a ver estos colores, esquinas y personas. Igual, uno nunca sabe, pero ahora estoy convencido de eso.
No puedo sacar ciertas miradas de mi mente. Me duermo. Cuando abro los ojos otra vez, ya estoy en Buenos Aires, viendo sus luces desde el cielo.

Niyén Pibuel
voy por la vida muy tranquilo y sin apuros porque para mí es excesivamente larga y cada tanto aburrida :)
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.

Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in