Mi lista de Spotify escasea de orden en todas sus formas, tanto en género como de artistas. Mi gran playlist es un perfecto desorden de emociones, momentos, artistas, significados y estilos. Cuando deseo sumergirme en una emoción, sé a que canciones acudir precisamente, pero hay ciertas canciones que permanecen guardadas y de las cuales todos huímos. ¿Por qué será? Mantener algo atesorado solo para escapar de ello.
Estas canciones no están ahí sin razón alguna, tienen un propósito, y es que con cada una de ellas me puedo transportar a un momento preciso del pasado y zambullirme de lleno en la emoción que se alza recóndita en algun lugar de mi persona. La razón a la cual mi acción de esquivarlas cuando comienzo a escuchar las primeras melodías a través de mis auriculares es, el terror de la fragilidad. Cada una de ellas conforma una pieza clave de un rompecabezas agonizante que, incitan a una emoción profunda, asfixiante, que evito a toda costa. Una emoción que me vulnerabiliza a niveles excepcionales, que me hace revivir el pasado con lujo de detalles, mas que un mero recuerdo se convierte en una recapitulación de las cosas tal cual ocurrieron. Y eso no duele. Sangra. Con cada letra se esconden heridas que me he encargado de tallar día tras día con el objetivo de no olvidar que están ahí.
Es curioso, lo lógico sería querer sanar las mismas, no remarcarlas para evitar el olvido de la presencia de su dolor, y atraparlo en cadenas para que no se fuge.

Marena
Fragmentos absurdos de una veinteañera entusiasta. Estudio marketing pero me apasionan las letras y las palabras que las miradas gritan
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