Madre, he conocido las brujas
y son tan espantosas como un día me enseñaste.
Pero estas olvidaron sus escobas,
arrancaron sus narices, desecharon sus hechizos.
Las brujas se apegaron del infierno,
lo encarnaron en el sol y pasaron de la noche;
por eso no se posan en las casas,
ni en los techos, ni en las cosas.
Ahora se me paran en el pecho,
revolcándome la vida, el alma y la existencia.
Atragantándose de goterones tristes,
de silencios ruidosos y domingos tranquilos.
Embotadoras de médula, insaciables sanguijuelas,
que entre gula y gula comieron mar en mis ojos,
sueño en mis pestañas, vida en mis ojeras.
Ma, ¿cómo será que me las quito?
Si se me pegaron en carne y hueso
al deseo inquebrantable de esqu
ivar la soledad.
S.A
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