Un cuerpo enfermo se limita a corromper la jurisdicción correspondiente de un ser.
Una mente enferma puede pervertir con su cinismo ciudades enteras.
Lo emblemático, anecdótico de tu amor
es que era impermeable a perversiones.
En estos años, y en esta ciudad
jamás ha dejado de llover
los almanaques no han jubilado a los domingos
los consensos se han roto, el palabrerío cruel jamás ha cesado
pero tu amor, cuál bandera, se levanta con el sol de esta patria rota y olvidada que es la ternura.
Morder la manzana por el simple hecho de desafiar lo prohibido es ridículo
autoproclamarse indómito es ridículo
pedirle a Dios que bese tu mano por mí es ridículo.
Una mente enferma solo destruye aquello que piensa que le ha pertenecido
y como un espía, se escabulle entre lo hermoso
una patria, una canción, un amor
deseando poseer la ínfima parte de ello.
Tu amor no conoce de pertenencias
ni de perfectos impostores
practica la indiferencia y se relaja entre árboles florecidos y soles matutinos.
Tampoco atiende mis llamados en la noche
cuando la enfermedad abraza mi cuerpo
y musito intentando convencerte:
—por favor, quereme—
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