Pasaron más de 10 años. Aún recuerdo tu carita cuando íbamos juntos en la prepa y teníamos esa inocencia de niños de 15 años. Pasó el tiempo y, con ello, crecimos. Siempre anhelé estar a tu lado, pero tropecé en aquella ocasión, cuando mis pensamientos y madurez empezaban a forjarse.
Te alejaste, dejando un duelo que no llegaría hasta después. Nunca procesé tu ausencia, es como si hubiera pausado el recuerdo. Pero en aquel verano universitario, como si todo hubiese pasado de un momento a otro, ese duelo apareció, y con ello, toda la tristeza que conllevó el perderte. De estar en completa felicidad, pasé a ser un habitante con la melancolía de aquel 2015.
Te busqué, sabiendo que era un juego de azar encontrarte. Te busqué por todas partes, hasta en mis sueños lo intenté. En las mismas constelaciones lo intenté. Pedía a la luna que me ayudara a encontrarte en su luz de la noche. Después de tanto desearlo de corazón, tuve la oportunidad de reencontrarme con mi alma gemela. El mundo se detuvo para mí.
Es como si esa sonrisa nunca se hubiera ido. Soñaba todos los días con escuchar tu voz, reír juntos, abrazarte y sentirme en casa, porque siempre fuiste mi hogar. Por un momento pensé que esta nueva oportunidad sería el momento de que intentáramos ser la persona favorita uno del otro.
Me dejé llevar por mis sentimientos, más fuertes que una noche de luna llena en la orilla del mar, y por esa inocencia de amar sin recibir nada a cambio. Es como si hubiera traído a mi niño interior y el amor floreció, como las flores en primavera. Me sentía plenamente enamorado, sin miedo a caer de la cima del cielo. No creí que fueras capaz de hacerlo. De verdad pensé que no.
Pero dicen por ahí que, a veces, la persona que más amas suele ser la que más te destruye. Me mostré en plena vulnerabilidad. De hacer mis días felices, sin la necesidad de un día despejado, pasaste a hacer mi verano un invierno en el cuarto. Las canciones eran mi refugio. Y me preguntaba: ¿por qué lo hiciste?
Te encontré en la estación del metro, pero con otra persona. Mis sentimientos emergieron. Los tuve que calmar con noches amargas de vino, pero no cedían. ¿Cómo calmar el sentimiento, si el amor de mi vida me había cambiado? No lo olvidé, jamás, pero tenía que continuar con mi vida.
Al pasar el tiempo, nos reencontramos. Dejé pasar lo malo y solo me dejé llevar por la nostalgia. Ya con más de 5 años de conocerte, pensé que solo fue la inmadurez de ambos, justificando que el corazón estaba ya con ciertas cicatrices. Di una segunda oportunidad y me volviste a lastimar.
Empezó a ser un ciclo repetitivo, pero el tiempo pasó. Aunque permití que estuvieras por mucho tiempo por miedo a que te fueras, lamentablemente crecí. Mi alma no sanó, pero se protegió más. Mi corazón se endureció y dejó de romantizar todo.
Escribí la última carta. Me despedí y te la hice llegar. Pero en el fondo, muy en el fondo, el niño de 15 años que se enamoró de ti no se quiso despedir. No quería enviar la última carta...

Adrián Arenas
No leemos ni escribimos porque sea tierno, escribimos y leemos poesía porque somos miembros de la humanidad y la humanidad rebosa pasión.
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