Me siento triste, sensible y un poco abandonada.
A veces me consuela saber que hay gente que me quiere,
que sigo rodeada de amor incluso en los días grises.
Pero no puedo evitar llorar por lo que perdí,
por todo lo que supe tener
y sé, jamás volverá.
La melancolía se instaló en mi cuerpo,
tomando mi carne despacito,
colándose entre mis huesos hasta llegar a mi alma,
como si me conociera de antes
y supiera exactamente dónde hacerme doler.
A veces me pregunto si la tristeza tiene nombre,
si guarda gestos y palabras de alguien más,
o si solo es mía,
hecha de todas las veces que quise sostener lo insostenible.
Ya no tengo fuerza para luchar contra ella.
La dejo sentarse a mi lado,
le sirvo un poco de silencio
y la miro hasta que se vuelve menos feroz.
Porque entendí que algunas ausencias
no se superan.
Siguen doliendo, siguen sangrando,
pero se aprenden.
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