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La trampa del crecimiento permanente.

Aug 10, 2026

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La trampa del crecimiento permanente.
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El capitalismo es un sistema capaz de crear valor, pero también de destruirlo. Su capacidad para producir riqueza, innovación y desarrollo es innegable. Sin embargo, cuando el crecimiento económico permanente se convierte en el objetivo principal de una sociedad, el mismo sistema que crea valor comienza a consumir aquello que pretende mejorar.

Una sociedad no puede sostenerse indefinidamente sobre la necesidad de consumir cada vez más.

El capitalismo nos ha enseñado a confundir desarrollo con crecimiento, crecimiento con consumo y consumo con bienestar. Hemos llegado a considerar que todo lo nuevo representa necesariamente un avance y que todo aquello que puede ser producido debe ser producido, vendido y consumido.

Pero no todo lo nuevo es necesario. No todo lo que podemos comprar mejora nuestra vida. No todo crecimiento significa progreso. El problema aparece cuando una persona deja de preguntarse para qué quiere algo y comienza simplemente a preguntarse qué será lo próximo que necesita.

Entonces aparece la rueda. Trabajamos para consumir. Consumimos para sentir que avanzamos. El avance crea nuevas necesidades. Las nuevas necesidades exigen más trabajo. Y ese trabajo vuelve a financiar el consumo.

El objetivo nunca desaparece: simplemente cambia. La sociedad corre detrás de él mientras el objetivo se aleja.

El capitalismo puede convertirse así en una rueda de hámster: una estructura en la que una persona puede pasar toda su vida moviéndose sin necesariamente avanzar hacia una vida mejor.

El cansancio no es una consecuencia accidental de este sistema. Cuando el crecimiento económico necesita ser permanente, también debe ser permanente la búsqueda de nuevos consumidores, nuevos productos, nuevas necesidades y nuevos objetivos.

El resultado puede ser una sociedad económicamente activa pero humanamente agotada.

No se propone eliminar el mercado, la propiedad privada, la empresa ni la posibilidad de obtener ganancias. Tampoco se propone detener el progreso tecnológico o científico.

Lo que debe cuestionarse es la idea de que crecer siempre es mejor. Una economía sana debe preguntarse periódicamente si aquello que está produciendo realmente mejora la vida de quienes la integran.

El desarrollo debe medirse también en tiempo libre, salud, educación, vivienda, tranquilidad, cultura, vínculos, acceso a la naturaleza y posibilidades de elegir. El crecimiento económico es una herramienta. No puede convertirse en el propósito de la existencia. Las necesidades humanas pueden multiplicarse indefinidamente. También pueden multiplicarse las cosas capaces de satisfacerlas. Pero los recursos del planeta son limitados y el tiempo de cada persona es todavía más limitado.

La humanidad no puede comportarse como si los recursos fueran infinitos ni como si dispusiéramos de una cantidad ilimitada de vidas para consumirlos. Esto no significa vivir en la carencia ni rechazar el progreso. Significa aprender a distinguir entre lo que necesitamos, lo que queremos y aquello que simplemente nos enseñaron a desear.

No se trata de consumir menos por obligación. Se trata de necesitar menos para poder vivir más. El objetivo de una economía no debería ser mantener al ser humano corriendo eternamente detrás de algo que nunca alcanza, sino permitirle llegar a un punto en el que pueda detenerse, mirar lo que tiene y decidir qué quiere hacer con el tiempo que todavía le queda.

El progreso que no mejora la vida humana es solamente movimiento. Y una sociedad que se mueve constantemente sin saber hacia dónde va no está necesariamente avanzando.

Marcelo Bebyh

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