La tía: bruja, vieja, diabla.
Apr 22, 2026
—Hola, corazón. Qué feliz me hiciste con la noticia.
—Hola, tía querida. ¿Cómo estás? Muchas gracias.
—Hijo, antes de que me digas nada, tengo varias cosas para decirte. Primero, que la tía se siente muy orgullosa, y quiero que sepas algo: para mí, vos ya sos psicólogo, aunque todavía no hayas empezado la facultad. Hoy estás dando el primer paso.
—Gracias, tía. No puedo dejar de decir que te amo. La verdad es que no quería contarlo hasta no haber empezado. Hoy es el primer día.
—Yo siempre creí en vos, y sé que necesitás estas palabras, porque de tu familia lamentablemente no las vas a tener. Desde que sos chico, siempre vi en vos muchas cualidades que los demás no supieron valorar. Entiendo que tu camino haya estado torcido, pero decidiste tomar una decisión y tenés que saber que no estás solo.
La tía de Rancho tiene mucha afinidad con él, pero sobre todo preferencia. No es una elección casual, mucho menos un capricho. La tía tiene una vida marcada por el sacrificio, la constancia y la disciplina, y al mismo tiempo por el engaño, los excesos y el libertinaje. En eso, ambos se parecen mucho. Son distintas caras de una misma moneda, y por eso hay un entendimiento que va más allá de la sangre o la convivencia. Eso sí, nunca Rancho dejó de ocupar el lugar de sobrino y ella el de tía.
—Gracias, tía. Sé que a veces da la impresión de que mi vida es cualquier cosa. Pasa que en las redes sociales muestro lo que quiero mostrar, y sos la única persona de mi familia que tiene acceso a esas cosas. Me olvido de que estás vos.
—A mí no tenés que aclararme nada, corazón de la tía. Yo sé muy bien la clase de persona que sos, y por eso tenés que escucharme.
—Tenés que alejarte de ciertas amistades. Por cómo sos, no tengo dudas de que estás rodeado de amigos excelentes, pero también tenés que saber algo: muchos quieren verte bien, pero son muy pocos los que aceptan que estés mejor que ellos. Si alguien te invita a fumar un porro o tomar cerveza en la semana, tenés que saber decir que no y alejarte de esa gente.
Rancho piensa en las palabras de su tía y asume que está exagerando, pero no puede interrumpirla. En su cabeza no le está hablando una tía, le está hablando una madre.
—Hoy empieza una nueva etapa, y para los demás, terminar el secundario significa cumplir los requisitos para entrar a trabajar a una fábrica, para ser empleado en un trabajo que no los va a llevar a ningún lado. Y yo te apoyo, hijo. Mientras no salgas a robar, podés limpiar baños y la tía va a estar orgullosa de vos. Pero vos estás para más. Sé muy bien por todo lo que pasaste, y lo que no sé, puedo imaginarlo. Nada me sorprendería. Siempre tuviste un corazón enorme. Desde muy chiquito fuiste de compartir, de cuidar, de querer hacer reír a los demás. Tu empatía, hijo… sos hermoso, no puedo dejar de decirlo. Y no porque sea tu tía. Sabés muy bien que a tu hermano lo amo, pero no puedo ni verlo. Me llenás de orgullo. Ahora tenés que salir de donde estás.
—Gracias, tía. Y juro que soy consciente de lo que decís. Te voy a contar algo: el año pasado me separé y casi hago cagadas. El verano para mí fue una transición. La tentación de hacerme mierda siempre estuvo, pero después de analizarlo un poco y aprendiendo del dolor, terminé en un punto medio. Me entregué al “descontrol de manera controlada”, asumiendo que abril era el mes, la fecha límite.
—Me imagino. Algo vi. El alcohol y las drogas se limpian con agua. Con esto no te estoy alentando a que sigas haciéndolo. Lo único que espero es que hayas usado forro y que no le hayas roto el corazón a nadie.
—¡Jaja! Sí, tía, quedate tranquila. Y bueno, entendí que el amor no era algo para mí, al menos no ahora.
—Hijo, voy a explicarte una cosa. La comodidad es peligrosa, y el amor es cómodo, porque tapa, porque cubre huecos. Uno no aprende a amarse amando a alguien más primero. Y sé muy bien que me entendés, porque te la pasás escribiendo, y amo lo que escribís. ¿Te sentiste mal? ¿De la nada te diste cuenta de un montón de cosas? Bueno, esto recién empieza. Todavía falta mucho, papi.
Rancho se emociona. Las palabras de su tía calan hondo, no solo en su cabeza, sino en su corazón. Piensa:
¿Esto se sentirá tener una mamá?
—Sí, tía, tenés razón. Y seguramente te la dé durante toda la charla. Odio las llamadas telefónicas, pero por nada del mundo me perdería una conversación con vos. La verdad es que me sentí muy solo, y al principio cubrí esa falta con salidas, con cuerpos, con la noche. Después me sentí hipócrita, porque yo me declaraba distinto, porque de verdad había hecho un cambio y era muy feliz —o al menos eso creí—, y quería una vida distinta. Y aunque al principio me manejé bien, después hice cualquiera. Pero lo logré, tía. Acá estoy. Empezó abril, me rescaté, y hoy es mi primer día de clases.
—Escuchame, corazón de la tía. Todos cometemos esos errores. Yo sé que vos cargás tu apellido con mucho orgullo, siempre te leo decir “que los Sánchez esto, que los Sánchez lo otro”, pero hay algo de lo que no tenés que olvidarte: aunque te pese, también tenés sangre de los alemanes Díaz. Sos grande y yo no tengo pelos en la lengua. Tus tías siempre fueron tremendas putas y tus tíos unos promiscuos de mierda. De ninguna de las dos partes tenés buenos antecedentes con respecto a formar parejas o familias. Pero ¿sabés a quiénes sí les fue bien?
—A los que decidimos dedicarnos al estudio nos fue bien, hijo. Vanina no encontró una relación estable y sana hasta no recibirse de enfermera; su compañero de vida la acompañó y ahora es pediatra. Cinthia no se recibió en ninguna universidad, pero nunca deja de capacitarse, de hacer cursos, y su vida gira en torno a eso. Pame se está por recibir de abogada y ya tiene su negocio; ella está “sola”, se podría decir. Yo, hijo, mi vida cambió totalmente desde que decidí estudiar y recibirme. Soy muy feliz. ¿A qué voy con esto? No es un camino para todos, y de hecho no hay caminos correctos, pero te conozco y sé que este es el tuyo. Tu felicidad está en el estudio, en capacitarte. Lo demás va a llegar solo.
—Gracias, tía. No voy a dejar de decirte que te amo y que me llena de entusiasmo todo lo que me decís. Aunque tengo que preguntarte algo que no me quedó claro: ¿qué tiene que ver la sangre de los Sánchez y los Díaz en todo esto?
—Hijo, los Sánchez son unos putos bárbaros, y también son hombres… ¡HOM-BRES! Con todas las letras. Tu papá y tus tíos siempre fueron la clase de tipos que todas las minas queríamos, pero siempre se metieron con las peores. Los Díaz-Wallman son gatos, hijo. A tus tíos siempre les llovieron las bombachas y nunca pudieron con su genio. Por conchas se cansaron de tirar toda su vida a la mierda: esposa, hijos, casas, proyectos. Y vos, pelotudo, tenés lo mejor y lo peor de las dos familias. Mi consejo es el siguiente: cogé, que sos joven; sé claro, no le rompas el corazón a nadie, y en cuanto sientas que cualquier persona interfiere con tu proyecto, le pegás una patada en el orto. Por si te lo preguntabas, eso es amor propio.
La cabeza de Rancho hace corto circuito.
—Gracias, tía. Te amo.
—Y una cosa más: escribí, hijo. No dejes de escribir. Lo que hacés es hermoso. Que quede registro de todo, y si querés, escribí de la tía. De esta parte de la familia que tanto negás en general, excepto por mí. Yo sé que el presente no es generoso con la historia de tus abuelos y mis hermanos, pero vos fuiste parte de todo eso. A vos te amamos siempre, yo más que nadie. Y a pesar de todo, acá estás. Esto tiene que ser un documento que le dejes a tus hijos, para que el día de mañana, cuando ellos mismos se pongan límites, entiendan que los límites para nosotros no existen, papi.
—No voy a mentirte, tía. No me esperaba esta charla. Me dejaste la cabeza partida en dos. Hablás como si supieras más de lo que te cuento.
—La tía es bruja y loca, no te olvides.
—Sí, tía, pero nunca me hablaron con tanta claridad. Nunca me sentí tan interpelado por las palabras de un familiar. De verdad tengo mucho que pensar ahora.
—Bueno, entonces te espero la semana que viene, así tomamos mate y me contás cómo te está yendo. Y por lo demás, te voy a decir una cosa: la tía sabe más por vieja que por diabla. Te amo, corazón. Cualquier cosa, me llamás.
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