Mis pies caminan descalzos sobre la tierra seca y, a veces, mojada. El paso es fluido y, de pronto, se estanca, es la piedra, la rama, el huequito, el desliz…mi pensamiento.
El camino es largo y siento cómo el corazón late entre emoción, dolor y frustración, hasta que llego, entonces es amor.
Mi paso se acelera y, de repente, se vuelve lento. Parece que no avanzo.
Camina, camina, camina.
La terapia es el camino.
Dicen los Kogui: todo nace en el pensamiento.
Es un principio de vida, de la montaña. Y tú avanzas, caminas: primero con zapatos; después aprendes que la libertad comienza en los pies, en ese contacto directo con la tierra, aquí, en la Sierra.
Avanza, porque cuando llegue el descanso —a medio paso— alguien preguntará: ¿tú cómo sintiendo?, ¿tú cómo pensando?
Esa es la señal. Tu mirada ya no está afuera, sino adentro.
Entonces te explican que el camino sin contratiempo nace del pensamiento recto, de la presencia absoluta. Es un ejercicio permanente, consciente, porque caminar limpia lo que turba la mente y la emoción.
No se trata de negar los miedos que te habitan, sino de verlos, reconocerlos y entregarlos.
La terapia es el camino, me repito una y otra vez, cuando el recuerdo duele y aquello que decidí cargar en la espalda pesa.
La terapia es el camino, me repito sin parar, cuando parece que he olvidado lo que me trajo hasta aquí.
La terapia fue el paso por la montaña… y lo sigue siendo en la ciudad.
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