El olvido no es una pérdida, es una forma más refinada de la traición. No traicionamos a los otros —eso sería demasiado humano—, sino a nosotros mismos, a esa obstinación de haber sido algo alguna vez. Recordar es una enfermedad de la conciencia; olvidar, en cambio, su breve anestesia.
Hay en el olvido una piedad oscura. Nos arranca de la tiranía de lo vivido, nos despoja de esa ilusión ridícula de continuidad. ¿Qué somos, sino una serie de instantes que se niegan entre sí? El yo que recuerda y el yo que fue son dos extraños obligados a fingir parentesco.
Pero no hay redención en ello. Olvidar no nos salva: nos disuelve. Cada cosa que se borra nos acerca a una forma más pura de inexistencia. Tal vez por eso insistimos en recordar, no por fidelidad, sino por miedo a esa transparencia final donde ya no habrá ni siquiera un testigo de nuestra caída.
Y sin embargo, en ciertos momentos —cuando el peso de lo vivido se vuelve insoportable— el olvido se insinúa como una tentación casi divina; no la promesa de paz, sino algo más radical, más honesto, la renuncia a haber sido.
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