Llega la hora en que la noche reclama su lugar.
Has terminado tu rutina cíclica y vuelves al sitio donde cuatro paredes son testigos mudas de tu soledad.
Afuera, los faros despiertan, derramando luz y borrando la sombra que la noche deja a su paso.
Pero tú haces lo contrario: te quitas el disfraz, la máscara que dice “estoy bien”, esa que aprendiste a llevar desde niño, como si sentir fuera un delito que debe esconderse.
Encuentras placer en la oscuridad, y no hablo de la que cubre tu cuarto, sino de aquella que habita en tus pensamientos.
Ya no es una lucha: es una costumbre.
Buscas, con algo de urgencia, soltar al menos una lágrima. Una.
Pero las has guardado tanto tiempo que dudas si aún existen… o si recuerdas por qué querías llorarlas.
Entonces llega.
Uno de esos pensamientos.
Preciso. Letal.
El que viene a destruirte con la suavidad de una certeza,
y te hace desear que, al llegar el amanecer,
la luz —como los faros— no te encuentre.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in