Abrí los ojos sin saber quién era.
El mundo me recibió con gritos y puertas cerradas.
Y el primero en huir fue quien me había dado la vida.
Aprendí a mirar desde lejos,
escuchar palabras que no eran para mí,
entender que la bondad existía, pero no me pertenecía.
No pedía venganza.
Pedía compañía. Un hombre, una mano, un lugar donde no dar miedo.
Pero la soledad también enseña a endurecerse.
Y cuando nadie te abraza, el dolor aprende hablar más fuerte.
Si me llamaron monstruo,
no fue por lo que era,
sino por todo el amor que no supieron darme.
Porque incluso las criaturas más temidas
solo quieren lo mismo que todos:
no estar solas.
Y en ese silencio,
entendí que la soledad
también puede crear monstruos.
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