El amor comprende mucho más que un beso.
Sin embargo, en él se resumen todos y cada uno de los tópicos que conforman el amor.
Un beso es más que unir dos cuerpos. Es mucho más que un impulso adolescente.
Un beso es el intercambio, es la convicción mutua de la palabra del otro.
Es el roce de labios previo y posterior, es la sonrisa que delata el nerviosismo.
Es la unión del alma, la caricia lenta con la que se derriban los muros.
El beso no nace en los labios, sino en la voluntad de encontrarse. Antes de rozar la piel ya ha sucedido: en la confianza, en el respeto, en el deseo de cuidar al otro. Lo demás no es más que la forma visible de aquello que el corazón decidió mucho antes.
Está muy lejos de la magnificencia, de la explicación transparente y técnica.
Un beso es imperfecto, y, sobre todo, es de los amantes, es del amor.
Un beso forzado no es beso.
Un beso que oprime no ama.
Un beso que duele no es certero.
Todo beso verdadero es libre. No necesita imponerse para existir, ni justificarse para ser comprendido. Basta con que dos almas quieran encontrarse en el mismo instante.
Hay besos que duran un instante y permanecen durante años. No por la intensidad con la que fueron dados, sino por la verdad que llevaban dentro. Porque un beso sincero nunca termina en los labios; continúa habitando la memoria.
Un beso es una confirmación de amor.
Y el amor es la razón del beso.

Blanca Bermúdez
Escribo para sacar del alma lo que no se puede decir en voz alta. Gracias por leerme. Quédate. Comenta.
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