Atrás había quedado el bosque. Demasiado atrás. Tan atrás que, por un momento, pensó que habían pasado meses, pero la luna no había cambiado, así que lo lógico sería decir que no había transcurrido siquiera una semana. Solo que, ¿quién decidía qué era lógico en aquel mundo? ¿Las lunas cambiaban como en el suyo? ¿Había siquiera una luna o esa visión no era más que otro recuerdo que su mente proyectaba para hacerla sentir en casa? Quién sabe.
Un océano amarillo que se enredaba entre sus pies descalzos volvía la caminata algo sumamente difícil. Cada tanto miraba al cielo, quizás para asegurarse de que la luz esférica seguía allí, que le hacía compañía; quizás solo buscaba alguna nube de agua que saciara la sed de esa pesadilla en la que se había encaminado ella sola cuando nadie la había llamado. Bueno, eso no es del todo cierto. Estaba la carta. Claro, la carta. La bendita carta que la había llevado a cruzar el portal. Una declaración de amor tan hermosa como una sinfonía ejecutada con la precisión de un virtuoso. Tan dulce como el algodón o la brisa de verano. ¿En dónde habían quedado aquellas palabras? ¿Es que habían sido reales? Había perdido el susodicho papelillo cuando cayó del cielo justo después de atravesar el halo de luz; por eso no estaba segura si había existido tal promesa de amor eterno, pero debía aferrarse a algo, y decidió que eso era tan bueno como cualquier otra cosa.
Se aclaró la garganta cuando la sed la atenazó de nuevo. Una semana sin duda se sentía como un año en ese mundo extraño. Arrastraba los pies, con cada vez mayor dificultad para moverse, pero quería encontrarla. Quería encontrar a la dueña de esos sentimientos tan hermosos que le pertenecían a ella y solo a ella. Así que siguió. Caminó bajo el sol ardiente de ese paraje yermo y lo hizo también cuando la oscuridad se apoderaba del horizonte. Nunca se detuvo, pues confiaba en ese encuentro. Rezaba por él a cada paso. Hasta que, una noche, en la entrada de un oasis, la vio. La joven de salvajes rizos café estaba de espaldas e, incluso así, ella supo que se veía hermosa, tan sumamente hermosa. La llamó por su nombre. Corrió hacia ella. La melena se agitó cuando su amada se giró. La espera había por fin acabado y todo lo terrible que aquel tiempo había sido le sería recompensado, creyó.
La chica de los pies descalzos, adornados con joyas doradas, detuvo su carrera, despacio, muy despacio, hasta que dejó de andar. Permaneció así, muy quieta, entre jirones de arena helada. La muchacha de los rizos caoba la miró como nunca la había observado. Sus ojos rasgados denotaban una sola emoción. Una que desconcertó a todos cuantos las vieron allí paradas una frente a la otra: confusión.
La mujer que la había perseguido por ese mundo, y por muchos otros antes, soltó un gemido y lloró amargamente. Una vez más había llegado tarde. Una vez más no la había alcanzado antes de que las brumas de la memoria se la arrebataran. Una vez más, la batalla no había hecho más que comenzar.
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