La Princesa Tricolor
En un bosque dormido por la sombra,
caminaba ella, mi princesa tricolor:
ecuatoriana de alma, de fuego y color,
hermosa, serena, de mirada que asombra.
Yo la vi desde lejos, tan sola, tan quieta,
y aun así brillaba, como si su alma
pintara luz sobre tanta oscuridad.
Pero en sus ojos no había calma:
cargaban tristeza, como un cielo sin mar.
No podía llorar… y eso dolía más.
—Oh, princesa tricolor, no estés triste —le dije—
yo estoy aquí, ven, descansa en mí.
Ella respondió con dulzura que esconde:
—Estoy bien… no hace falta que estés aquí.
Pero yo, que la amo sin distancia ni frontera,
vi detrás de su risa la verdad más sincera:
una mentira vestida de dulzura,
una herida oculta, sin cura ni ternura.
Sus ojos no mentían:
había vacío, miedo, y un temblor en su andar.
Y yo lo sentí, no por intuición,
sino por ese lazo invisible del corazón.
Dos cuerpos… una sola emoción.
Si ella se quiebra, yo me rompo igual.
Somos dos mitades, un alma que camina,
un amor que se reconoce sin señal.
Cayó la noche, vino el eclipse.
No sólo se apagó el sol:
se apagó su alegría, su voz, su calor.
Pero yo no retrocedí. No huí del dolor.
Volví a ella, la princesa de Ecuador.
Ya no hablaba, ya no temblaba:
era una roca de silencio y temor.
Corrí. La abracé. La envolví en amor.
—Tranquila —le dije—, ya estoy aquí.
Yo soy tu mitad, y tú la de mí.
Comparte tu sombra, tu pena y tu flor,
que yo seré abrigo, seré paz, seré honor.
Y frente al eclipse, tomé su mano,
la miré y juré:
—Aunque el mundo se oscurezca,
seré luz para ti… princesa tricolor.
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