Bajo el abrigo de la bruma se ejecuta una marcha silente, un secreto a voces, preservado por el mero pudor.
Enfilado se aprecia su avance. Al ritmo de los tambores marchan, dando un paso atrás cada tres o cuatro al frente.
De ellos aprendieron las hormigas negras que ahora reinan nuestro mundo.
Casi no dejan huella pese a su gran número, pesan poco.
El meneo cefálico es casi hipnótico, una crónica del bien y el mal.
Hubo oportunidad de cambiar el curso de la historia, ahora ya no es tiempo de apelar.
Su propósito no es más que la justicia ni menos que la venganza. Vienen a recuperar lo perdido, a restablecer el orden.
Queda claro que no admiten diálogo alguno, que la mesa tiene una sola silla.
Desde el cielo reluce la peregrinación de los malformes.
Hay algo ineludible en lo que avanza.
Y no queda claro si son ellos o nosotros.
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