El miércoles de la semana pasada (15 de julio de 2026, para satisfacer mi necesidad de exactitud) se jugó la semifinal del Mundial de fútbol, torneo organizado por la Fifa, institucion que no es para nada de mi agrado (pero para nada). Cuando comenzó el campeonato, yo ingresé de manera cautelosa y con recelo, con bronca por la utilización que hace el gobierno yankee para ocultar el genocidio palestino, los casos de pedofilia con los que está denunciado D. Trump, cómo se le implosiona en sus manos el imperio (ojalá), entre un montón de cosas. Ingresé es una manera de decir, digamos mejor que no pude quedarme afuera porque vivo en un país en el que el futbol es una pata fundamental de la cultura, y más desde que la selección se comenzó a posicionar como una de las mejores gracias a los jugadores de elite que la conforman (o la conformaban hasta este mundial). Pero como reconozco mis cambios de perspectiva gracias a las experiencias que transito, me tengo que tragar esas palabras.
Todo cambió con el partido entre Argentina e Inglaterra. Más allá de la acción con la bandera de Malvinas, aunque debo nombrarla porque se transformó en una imagen histórica, observar cómo la gente se congregó para festejar esa victoria me hizo darme cuenta de que no estaba teniendo en cuenta un factor muy importante. La congregación, justamente. Todas las personas salieron a festejar a la calle reunidas alrededor de una idea de identidad compartida, ser argentinx, y ser protagonista (de alguna manera) en un evento de magnitud mundial. Como agente de la cultura (entendido en terminos bourdieanos) sería muy chicato de mi parte no tomar consciencia de cómo los multimillonarios que juegan en la selección son tambien agentes culturales, que movilizan a las masas, generan patriotismo en una sociedad que está cada vez más quebrada, y le dan alegría a la gente. Los deportistas, al transformarse en actores del entretenimiento, también se transforman en movilizadores o disparadores de una cultura masiva que congrega. No sólo defender el territorio en suelo yankee, frente a la cara de representantes de una ciudadanía que ultrajó los limites nacionales y una generación de jóvenes en la historia reciente del país; sino por crear un relato épico en épocas de orfandad mítica. Y aquí lo central de este meollo que me armo con las palabras. Los partidos de Argentina siempre comenzaron con un equipo en derrota que a último momento sacaban fuerza de algún lugar escondido y transformaban el resultado en victoria. Esas victorias fueron leídos como alegorias de la esperanza. Luego en la previa a la final, el relato de la foto de Messi y Yamal es casi bíblico, practicamente se sintió revivir la historia de San Bautista con Jesus en el rio Jordán. Eso a nivel interno argentina, por cuestiones obviamente fisicas no tengo la capacidad de percibir esto desde otras latitudes del mundo, aunque sospecho que ni se enteraron de la foto. Los resultados de la final son de conocimiento más que público por lo que mencionarlos estaría de sobra, igual que escribir este renglón.
Sumado todo esto a lo que se vive por estas horas, una campaña de odio en redes a la Argentina por ser racista, como si el racismo no fuera estructural (en toda la zona occidental del mundo al menos); como decir que Argentina es machista (que país del mundo no lo es???); campaña que ha generado una idea de estar siendo apedreada en la plaza por ser mujer adúltera (también, como en la Biblia) que nos vuelve a colocar en un "nosotros" muy particular. Cabe aclarar que las acusaciones siguen siendo parte de un plan estratégico del gobierno de Israel y EEUU para que no se informe la gente de lo que realmente pasa, y que sigan odiando al otro porque es más fácil odiar que comprender, y el humano vive frustrado en este capitalismo, entonces cualquier excusa le viene bien para saltar como chispita nazi a criticar, y blablabla.
Dicho todo esto, quisiera concluir con una reflexión más para mi misma que otra cosa, pero la publico por si a alguien le sirve. Hay algo de todo este escenario que me sigue pareciendo los Juegos del Hambre, y la parte pesimista en mí se pregunta por la desigualdad cada vez más amplia entre los sectores sociales, se pregunta en cual de todos los capitulos de BlackMirror vivimos o si estamos en todos juntos a la vez. PERO la voy a cortar acá porque sino me escribo un libro entero, asi que me quedo con la importancia que cobra, aunque sea por un mes, el poseer un mito que congrega en tiempos de orfandad representativa.
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Rocío Giménez Ferradás
Hola! Soy dibujante pero las palabras son un jardin en el que refugio el pensar
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