Conoces el ritmo exacto de mi respiración antes de un beso,
la pausa mínima que haces
antes de apoyar tus labios en los míos.
Sabes dónde dejar tu mano sobre mi cuerpo
y qué borde de mi piel tocar
para querer más.
Pero no conoces el lado de la cama
donde me enrosco cuando quiero salir un rato del mundo
y después volver a entrar.
Ni cuán suave es la sábana
que queda húmeda
después de no lograr salir del mundo un rato.
Sabes de memoria la forma de mi silueta,
y si te vendaran los ojos
podrías reconocer la altura exacta de mi boca,
como quien reconoce
quién llega a casa por el sonido de las llaves.
Mis besos están tallados en tu cuello
con una tinta negra
que podría repasar
el resto de mi vida.
Pero no sabes qué luz dejo encendida antes de acostarme,
ni cuál es la baldosa que suena al pisarla.
No sabes cómo me gusta el café
ni cuál es mi canción favorita.
Nunca viste la habitación donde me desarmo,
ni la vereda en la que me caí
cuando tenía siete años.
No te quedaste
cuando el frío no estaba en la piel.
Recorriste mi cuerpo
como una habitación encandilada de luz,
pero mi vida
te quedó siempre
con la puerta entreabierta.
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