Estas vacaciones de verano, además de darnos un mes de Mundial y un nuevo campeón del mundo, nos reafirmaron algo que lleva siendo evidente desde hace años: el bajo nivel de debate público que hay en México. Por bajo nivel entiendase el debate político en los medios, redes sociales, recintos oficiales y en las calles que está cargado de descalificaciones, falacias y argumentos prejuiciosos. Sin embargo, la poca profundidad con la que se discuten los temas públicos no es fenómeno nuevo; es un problema que el propio Platón, mediante Socrátes, hace más de 2 milenios, identificó en el Ágora de su polis, Atenas.
Para Platón, había una distancia entre la verdad (episteme) y la ignorancia (agnoia); entre ambos puntos se encontraba, como intermedio, la opinión o apariencia de saber (doxa). Esta distinción no es cosa menor: mientras la episteme considerá conocer la esencia de las cosas, la doxa, por el contrario, es la apariencia de saber. El filósofo alegaba que la doxa predominaba en los debates públicos en Atenas, porque le permitía a los demagogos emitir discursos que, en apariencia, contienen verdad pero que en realidad correspondían a lo que el pueblo quería escuchar. La voz popular no engendraba justicia. Y por ello, existía una preocupación constante de que los demagogos, mediante artificios discursivos, convencieran al pueblo sin necesidad de argumentos serios.
Un par de milenios después, esta cuestión sigue siendo pertinente aunque creo que puede ser planteada con nuevos matices en las siguientes preguntas: ¿por qué hemos llegado a aceptar que buena parte de nuestra discusión pública consista en descalificar al adversario antes que en discutir sus argumentos? Y, sobre todo, ¿a quién beneficia que el debate público se mantenga en ese nivel?
Una variable explicativa que puede dar luz sobre esta cuestión es la polarización. La polarización cambia la manera en que discutimos con personas que tengan posiciones políticas distintas a la nuestra. Ya no solo importan los argumentos, sino quién lo dice y en qué lado se encuentra. El diferente se convierte en alguien moralmente ilegítimo.

La lógica de la polarización es particularmente útil para el populismo. De acuerdo con Nadia Urbinati, en una entrevista que le realizó Gatopardo en 2022, el populismo, como fenómeno inherente a la democracia, tergiversa a la democracia y extremiza su lenguaje de tal manera que se abuse narrativamente de los principios democráticos, como el pueblo o las elecciones. En consecuencia, para el populista es muy benéfico el discurso de «nosotros, el pueblo, vs. la élite corrupta», porque le permite identificar un verdadero pueblo que es representado por él mismo y que tiene que ser salvado de los corruptos.
Esta narrativa es útil en cuanto le permite al populista legitimar ciertos actos que en otros contextos son más difíciles de justificar. Por ende, la reforma al Poder Judicial, la desaparición de los órganos autónomos o el ataque a los medios disidentes se entienden como acciones en contra de las élites corruptas que habitaban en estos espacios y no como un proceso de centralización del poder. Bajo la lógica populista, son actos ejercidos por aquel que encarna al pueblo en contra de los enemigos este.
Sin embargo, el populista puede atacar y debilitar a esas élites pero nunca eliminarlas por completo. No puede prescindir de la idea de que hay una élite corrupta a la que hay que combatir. Por eso, el oficialismo encontrará la oposición ideal en aquella que no sea lo suficentemente grande para competirle electoralmente, ni tampoco lo suficentemente pequeña para pasar a la irrelevancia. A su vez, se necesita una opisición que encarne todo aquello que el movimiento populista dice combatir.
La cosa se complica por la debilidad partidista de la oposición electoral; los partidos tradicionales, como el PRI y el PAN, están enormemente desprestigiados, y MC ha sido incapaz de desarrollar una estructura territorial en todo el país para competirle a Morena. El resultado ha sido que el oficialismo puede darse el lujo de construir su propia oposición.
La ausencia de una oposición partidista que sea capaz de competirle electoralmente a Morena no significa la ausencia de todo tipo de adversarios. Por el contrario, Morena se ha permitido seleccionar y amplificar a voces disidentes que encajen perfectamente con la imagen que ha construido de sus adversarios.
Un caso que ilustra muy bien lo anterior es el de la abogada y opinóloga Natalia Torres. Hace una semana, la también catedrática de la Universidad Panamericana propuso en un podcast la vieja propuesta de que no todos deberían votar. Más allá de criticar sus declaraciones —hay, de hecho, buenos argumentos para responderlas, como el artículo de Alejandra Tello, La democracia no es una ecuación; es un acuerdo siempre imperfecto, publicado en SDP Noticias—, lo interesante fue ver la reacción de los voceros de Morena y de la propia presidenta Claudia Sheinbaum en la mañanera. El hecho de que las declaraciones de la influencer hayan acaparado tanta atención y que incluso le hayan dedicado tiempo en la mañanera para hablar de ella no es casualidad.

Natalia Torres hizo unas declaraciones que demuestran su desconexión con el entorno social de muchas regiones del país, así como argumentos que se sustentan en prejuicios y clasismo. Precisamente por eso, Morena encontró algo muy valioso en sus declaraciones: una voz opositora capaz de confirmar, por sí misma, algunos de los estereotipos que Morena ha construido sobre sus adversarios. Es una voz opositora que no necesita ser caricaturizada: su escenificación corresponde a la perfección a la «élite corrupta».
Para Morena, no puede ser mejor una oposición de este tipo: una oposición que tiene un grupo de adeptos marginal, cuyas críticas se sustentan en prejuicios y que no puede convertirse en una estructura electoral que los desafíe pero que si hagan mucho ruido en redes sociales, generen indignación y reafirmen su estereotipo de élite corrupta. Al final, este tipo de oposición es un insumo que el régimen explota muy bien, porque le permite reforzar su narrativa populista de que se está batallando contra los «enemigos del pueblo».
Respecto a la pregunta sobre a quién beneficia este nivel de debate público dire que esta narrativa desvía la atención a una pelea moral de corruptos contra el pueblo, en vez de tener discusiones serias sobre políticas publicas, instituciones o limites del poder. Para el gobierno, es una narrativa que justifica su estancia en el poder y ensombrece sus malos resultados.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in